RELATOS

Hola, rutina

Absolutamente  todas mis mañanas resultan ser iguales, incluso cuando hago todo lo posible por cambiar mi rutina. Resulta que me cuesta horrores salir del hábito mañanero. Es decir, me levanto y hay días que incluso me aseguro de apoyar primero el pie derecho y luego el izquierdo. Respiro hondo, desayuno, me cambio y me voy al liceo. En el corto trayecto (no es más que una cuadra), me encuentro con mis vecinos que están yendose al trabajo, llevando sus hijos a la escuela, o mismo con mis propios compañeros. Me paspa el hecho de no tener nada que contar. Me encantaría estar repleta de historias, y aún así aunque se doblaran la cantidad de días del año, poder seguir teniendo algo para decir.

Vuelvo del liceo, y automáticamente apago todo aquello que produzca sonido y me quedo en el mayor silencio que pueda conciliar, pero me canso de escuchar los ladridos de mi perro. Me acuesto, me levanto, estudio y si no hago deporte, ceno y me vuelvo a dormir. La peor parte es que el otro día es exactamente igual que el anterior. Me estoy convirtiendo en una esclava del hábito, eso considerando que estoy en una parte de mi mundo, porque cuando salgo de lo cotidiano mi vida resulta ser excitante, con una plenitud de cosas por descubrir y por encontrar.

Texto: Julieta Skunca

Buzonera automática

Había estado caminando todo el día por el Centro, Ciudad Vieja y sus inmediaciones. Tenía los pies súper hinchados, parecían los del increíble Hulk. Faltaban 10 minutos para que finalizara la jornada laboral y yo estaba ahí, frente al cajero de depósitos haciendo la última tarea del día, que se había aplazado por diferentes motivos. Muy cansado, y ya casi disfrutando del sabor de la “libertad”, miré a la máquina en la que estaba depositando y me reí. “Pobre.”, pensé, “Está ahí parada todo el tiempo sin hacer nada, esperando a que le depositen y a que algún distraído la confunda con un cajero de retiro”. Digité el número de cuenta, el número de cheque, el del monto de lo que depositaba y por último el del sobre. Con ese movimiento se fue otro más a la máquina.

Acto seguido hice otro depósito y con eso me di cuenta de todo: esa máquina de la que me reía era yo mismo, había hecho esos dos depósitos de forma totalmente automática, ni siquiera me hizo falta ver los dígitos. Después pensé por un rato (gran error por momentos) en que durante la jornada laboral más de una cosa la hacía de forma automática. Pedir un taxi, los depósitos, las cobranzas, ir a buscar pedidos totalmente irracionales que nada tienen que ver con el ámbito laboral, contar guita ajena, entre otros.

El que estaba digitado era yo, era un engranaje más de todo este gran reloj, una parte insignificante de la cual dependen muchos, aunque ni ellos lo sepan. No solo no saben que dependen de mi tarea, no saben quién soy, cómo me veo, cómo me visto, mis defectos o mis virtudes. Para ellos solo soy alguien que hace las cosas. Claro está que tienen que estar bien hechas, de lo contrario seguro me conocerían, y demasiado.
No creo que en otros lados sea tan diferente la cosa, pero que cada día no te implique un desafío nuevo es bastante aburrido. Esa máquina de la que me reí hace unos minutos era un reflejo mío de lunes a viernes de 09:00 a 17:00 horas.

Texto: Obdachlos

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