RELATOS

Al infinito y más allá

Hace unos días, gracias a la idea de alguien querido, decidí llevar a Joaco (mi hijo) a pasear en tren. Sí, aún existen y funcionan. Llamé a AFE y descubrí que hay una gran frecuencia de viajes; algo así como una salida cada 40 min.

Al llegar, completamente a ciegas, pretendí acceder por la vieja y otrora muy linda entrada de siempre de la estación central por La Paz, pero nos encontramos con un basural desagradable, un meadero público, un corredor nefasto.
Caminamos, “a caballito papá”, unas cinco cuadras, que con los 25 kilos de Joaquín arriba, se convirtieron en 12 kilómetros en subida. Finalmente llegamos a la entrada por Paraguay que está potable.
La verdad es que la nueva terminal está muy prolija, vacía pero limpia y moderna.
Esperamos un rato y nos tomamos un tren que sería, calculo, del año 60.
Al entrar el panorama es bastante deprimente: todas las butacas destruidas, los cueros desgarrados, colgando; un interior vandalizado e inundado de olor a orina.

Por suerte la fascinación de Joaco por cada instante del viaje hacía que lo que mis ojos analíticos condenaran, fuera secundario frente a sus expresiones de júbilo y sorpresa espontánea. Cada segundo que pasó desde que salimos de casa, para él fue una aventura, un descubrimiento permanente que me contagiaba de esa capacidad infinita que tienen los niños de disfrutar el momento.

Nos sentamos pegaditos a una ventana, hombro con hombro y el gigante de hierro emprendió la marcha.
Que delicia y que hermoso fue ver como mi hijo y su amiga inocencia temblaban de nervios y excitación frente a la puesta en marcha de este olvidado y oxidado medio de transporte.
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Fueron pasando las diferentes paradas, Carnelli, Yatay, Sayago, Colón, Peñarol y finalmente Las Piedras, nuestro destino, o como Joaco decidió apodarle “Las Rocas, papá”.

El trayecto fue un desfile de tangas, calzones y Dios-vaya-a-saber-qué colgados del rancherío que lo circuncida. Lata tras lata, es una competencia de precariedad que le da un tinte aún más surreal al viaje, el cual termina siendo una suerte de “conozca el otro Uruguay”.
Joaquín no dejaba de preguntarme por qué había tanta ropa de nena colgada de los alambrados cerca de las vías: “¿La venden papá?”.
Cuando parecía que quizás mi asombro frente a todo este desfile de modas llegaba a su fin, sucedió lo que decidí coronar como la frutilla de la torta.

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De repente, el tren clavó los frenos. Esto hay que imaginárselo como una secuencia en cámara lenta, anti-hollywood acompañado del taladro auditivo de la bocina sin cesar. Luego de unos cinco segundos se siente un pequeño impacto y un ruido estrepitoso. Conmoción en el tren, los 10 pasajeros que poblábamos los cuatro aromatizados vagones intercambiamos preguntas e información, hasta que el desaparecido guarda del vehículo se presentó y nos informó que el tren había chocado una moto de un policía de tránsito, que estaba estacionada sobre las vías.

Hasta Joaquín se rió con picardía, completamente incrédulo frente a esta situación bizarra, de carácter irrepetible.

Luego de unos minutos de confusión y pases de balón entre funcionarios de AFE y policías de tránsito, volvimos a emprender la vertiginosa marcha.
Así es, más allá de todo lo dantesco hasta el momento relatado, el tren se movía a no menos de 80Km/h lo cual constituyó otra sorpresa.

Por supuesto que para bajarte en el destino elegido tenés que ser Merlín, porque el esquivo guarda jamás anunció una sola parada. Por suerte e instinto, llegamos a ver el cartel de “Las Rocas” y medio en movimiento nos tiramos del tren en marcha.

Fue un grato paseo, repleto de momentos Kodak, que Joaco y yo atesoraremos en nuestro baúl de recuerdos góticos.

 

Texto y fotos: Ramsés Castillo

 

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