MUNDO

Baños termales de San Vicente

Salimos buscando al sol. Llovía en prácticamente todo Ecuador así que nuestro destino era el sur, siempre el sur. Nos subimos al taxi de Juan para conocer Baños de San Vicente. Nos habían comentado que era imperdible, que después de unos masajes con lodo volcánico íbamos a rejuvenecer unos cinco años. Nos miramos, sonreímos y allá fuimos. Llegar no era fácil pero gracias a nuestro amigo, guía y taxista nos llevó poco más de media hora ir de Salinas a Baños. Cuando llegamos… Nada, nada, nada tenía que ver con la tierra prometida. Nos bajamos del taxi, absortas, consternadas y luego tentadas. Aquello era un lugar abandonado, que evidenciaba el paso de la naturaleza. Ya estábamos ahí y aun conservábamos la esperanza de encontrar un paraíso puertas adentro. Pagamos el ticket (2 dólares cada una) más una sesión de masajes con lodo de 20 minutos (5 dólares). Una de nosotras (no vamos a mencionar quién) pensó que 20 minutos era poco. Finalmente pagamos los 5 dólares y entramos. Empezamos a caminar por el pueblo fantasma. Tierra seca, juegos abandonados y herrumbrados, sombrillas descosidas, reposeras rotas y basura. El camino, el matadero.

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Bajito, con lentes y muy simpático fue el señor que nos atendió. Nos mostró las instalaciones, orgulloso. Nosotras no queríamos pecar de turistas superfluas, pero no podíamos parar de reírnos. Era un lugar insólito. Teníamos una espera de media hora antes de los masajes, por lo que nos recomendó ir a una de las dos piscinas de aguas termales. “Tienen suerte en la piscina hay solo un huésped”, nos dijo y miramos al hombre que parecía semidormido aunque no evidenciábamos sus signos vitales. El agua, no vamos a mentirles, no era tentadora. Tenía un olor muy extraño, de dudosa procedencia, unos palos de madera enmohecidos atravesados dentro del agua y en uno de los laterales un cartel que decía: “Demuestre su cultura, no escupa dentro de la piscina”. Ya estábamos con un pie adentro y decidimos terminar la travesía. Durante 15 minutos, tiempo máximo recomendado, estuvimos ahí, quietitas, intrigadas por el origen de las burbujas de la piscina.

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Eran las 2:30 de la tarde, hora estipulada para nuestros masajes. ¡Ay, cuando entramos! Parecía un hospital psiquiátrico abandonado. Dos o tres personas sentadas en una silla de plástico comiendo papas fritas y mirando una telenovela en una tele de tubo mal sintonizada.

Las vasijas con el lodo volcánico se paseaban por delante de nosotras, también lo hicieron dos veteranos enlodados, que saludaban amistosamente. Teníamos algo de miedo, era todo demasiado raro. Entramos a habitaciones distintas, aunque ambas muy parecidas. Paredes celestes, con humedad, piso gastado y una camilla forrada con PVC. Tuvimos que recostarnos y arrancó. Barro para acá, barro para allá. Los masajes eran intensos y descontracturantes. La consigna estaba en no pensar demasiado qué nos estaban poniendo en el cuerpo ni dónde estábamos recostadas. Aseguraban que este lodo era milagroso para todo tipo de dolencias. Una de las masajistas se llamaba Lucy y trabajaba dentro del complejo hacía más de 21 años. Oriunda de Guayaquil se había mudado cerca de Baños para “no estresarse tanto”. Simpática y amistosa aseguró que a este sitio lo visitaban turistas de todo el mundo: “Acá vienen suizos, ingleses, alemanes. De todas partes. Y ahora estamos en temporada y esto se llena”. Que afortunadas fuimos en no ir un fin de semana.

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Nos vimos cubiertas de aquel lodo y volvimos a tentarnos, no había otra forma de sobrellevar la situación. “Tienen que sentarse por allí y esperar a que seque”, nos dijo el gerente del lugar.

Costó que saliera. Lo teníamos por todas partes. De las duchas salía agua salada, por lo que fueron necesarios varios baños posteriores para eliminar hasta el último rastro. Nos vestimos, agarramos las valijas y miramos aquel lugar por última vez. Sabiendo que nunca regresaríamos.

*Este relato lo escribí en conjunto con Martu, una gran amiga y compañera de viaje 🙂

 

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