RELATOS

Culpa de Murphy

¿Me estás tomando el pelo?, pregunté retóricamente al universo después de estar más de un año y medio perdiendo buses. Si hay algo que me molesta, que me pone de malhumor, es esperar un ómnibus (bah, esperar en general, pero un ómnibus me exaspera). Soy de las que prefiere tomarse cualquiera, uno que me arrime un poco a destino y después caminar unas cuantas cuadras, que esperar en la parada.

La cuestión es que la ley de Murphy parece cumplirse a rajatablas cuando se trata del ómnibus, podés llegar a perder un ómnibus, ok, lo vas a perder. Cuando lo veo de lejos, a unas tres cuadras, no me enojo demasiado, soporto la frustración de tener que esperar. Se empieza a convertir en un problema cuando pasa en mis narices y mi pereza matutina no me permite agilizar el paso, ni un poquito, es como si las piernas me pesaran 300 kilos cada una, no las puedo levantar a esa hora de la mañana. Pero lo peor es cuando llego tarde por milésimas de segundo y el conductor se sonríe y pisa el acelerador, arruinándome el día, literalmente. Y me puse a pensar… ¿No seré yo que tengo una rutina tan pero tan rutina que llego a la parada a la misma hora? (No lo sabía, no tengo reloj). Entonces decidí hacer un cambio, levantarme unos minutos antes pero no lo logré. Bañarme más rápido pero tampoco. Así que luego de algunos días pensé: si evito el desayuno tengo que llegar más temprano, me adelanto y le gano a la vida.

Salí de casa con una sonrisa, caminando lento, muy lento, como siempre, pero confiada. Y ahí escucho ese ruido de motor tan precioso que tienen los ómnibus capitalinos y lo veo en la esquina. Con todo mi esfuerzo matutino grité: ¡Pará, te lo pido por favor! Estaba desesperada, creo que hasta al kiosquero le di pena. Pero señores, no siempre al que madruga Dios lo ayuda y menos si te topás con algún conductor mala onda.

Y otra vez, se fue sin mí… Así que me senté a esperar el siguiente, como casi todos los días, solo que esta vez sin desayunar y con un terrible malhumor.

T.de.T

 

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