RELATOS

El árbol de Navidad

Evolución

Raquítico. Así podría definir al primer árbol de Navidad que tuvimos que aparece en mi memoria. Si mal no recuerdo estaba puesto arriba de una mesita, porque a mis 4 ó 5 años seguía siendo más alta que el árbol. A mi familia no le bastaba con tener ese árbol desnutrido y enano, sino que además lo cubrían con unas guirnaldas brillantes (recuerdo una fucsia en particular) y finitas como un hilo. El aspecto de pobreza de aquel primer árbol me hace recordarlo con ternura, pero por suerte después vinieron tiempos mejores y nuevos criterios estéticos. Del árbol flaco pasamos a un árbol natural. Al lado de la escalera quedaba un espacio en donde cabía perfecto un pino de carne y hueso (o mejor dicho, de madera pura), que mi padre traía todos los años de quién sabe dónde. La decoración corría por cuenta de las mujeres de la casa: mucho chirimbolo, luces y alguna que otra de las guirnaldas horrendas que sobrevivían año tras año. Hasta pedazos de algodón simulando nieve le tirábamos. Con el paso de los años, permutamos los árboles de verdad por uno artificial. Para mi deleite, bien frondoso y un poco más alto que yo, o sea, que superaba el metro cincuenta. Las guirnaldas fueron sustituidas por cintas y moñas, los chirimbolos rompibles por unos de hilo grueso y las luces de colores por unas blancas con movimientos regulables.

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Con el nuevo árbol también afloró mi faceta autoritaria y surgió la dictadura de la decoración. No solo la elección de los colores y los adornos a utilizar tenían que pasar por mi ojo crítico, sino que el trabajo de armarlo dejó de ser algo colaborativo y se convirtió en una empresa personal. A mi hermano le dejaba como premio consuelo armar el arbolito que iba en la mesa (una reliquia de plástico que era de mi abuela y que solo soportaba adornos pequeños) mientras yo armaba el grande como el mayor reto de diseño del año.

Hasta el día de hoy monopolizo el armado del árbol —que tiene como contra que no siempre lo puedo armar el 8 de diciembre—, me fijo en las fotos del año anterior para no repetir la combinación de colores, desterré por completo las guirnaldas escuálidas y las tarjetas, pongo jazz estilo Big Band para armarlo y sigo porfiándole a mi madre que las luces tienen que ser lo último en ponerse aunque a veces me gana la partida. Eso sí, muy a mi pesar, lo desarmo en enero y espero ansiosa la llegada de la siguiente Navidad para poner en práctica mis dotes de decoradora.

A.S.O

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Pereza

No me gusta armar el árbol. Es una actividad que me da una pereza tremenda. Cuando mi mamá empezaba los primeros días de diciembre con esto de: falta poco para armar el arbolito, a mí me empezaba a doler la panza. Mi respuesta inmediata era: “Yo no puedo, yo me voy a lo de fulana, yo no estoy”. Respuesta a esa respuesta: “Tania, es un momento para compartir en familia”. Viendo la emoción de mi vieja, que me puede, accedía con una sonrisa sin dientes. “Ok, me quedo”. Mi hermano y mi mamá aman la Navidad y particularmente el armado del árbol. Y aunque mi familia es muy poco protocolar, el arbolito de Navidad desde que tengo memoria se armó el 8 de diciembre.

El árbol, señoras y señores, estaba en un armario alto, bien alto y profundo. Así que era todo un dilema quien bajaba el tremendo árbol de ahí junto con unas cuantas bolsas de chirimbolos envueltos en papel de diario. El árbol siempre se armaba en el mismo lugar, enfrente a la ventana del living que daba a la calle. Rama por rama abriendo el arbolito, que fue el mismo durante un largo periodo de mi infancia y adolescencia. No entendía por qué no podíamos armar un arbolito más chico, a escala de nuestra familia. Éramos tres personas en una casa y teníamos un árbol que medía un metro y medio.

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No encontré foto del árbol gigante, comparto la del primer árbol.

Pasábamos más de tres horas armándolo. Chirimbolo, hilo (de todos los colores menos verde), colgar en el árbol. La tarea mecánica (la imagen es la de Chaplin en Tiempos Modernos) me producía ansiedad. Siempre que podía me iba a hablar por teléfono, a darle de comer a los perros, cualquier cosa que me hiciera zafar. Generalmente se me rompía algún chirimbolo, intentaba que no fueran esos que tenían varias décadas y databan de la época de mi bisabuela. También poníamos chirimbolos nuevos, ir a comprarlos sí me gustaba.

Después venían las luces, que la inmensa mayoría de las veces no funcionaban. Y después las guirnaldas de colores. Esa parte me divertía más. Me acuerdo que hacíamos formas en el árbol. Teníamos muchas guirnaldas, de los tamaños y grosores que se imaginen. Por último le agregábamos el puntero, que era muy antiguo, y cuando fui más grande algún Papa Noel de tela y renos colgantes.

Debo confesar que después de que estaba ahí presentadito, me gustaba verlo y más me gustaba ver la emoción de mi hermano y de mi mamá. ¿Se acuerdan que les comenté que el arbolito lo armábamos a rajatablas el 8? Bueno, no se crean que se desarmaba el 6 de enero. No. No conozco persona que la haga más feliz ver un árbol de Navidad que a mi mamá. Y si no me creen, les cuento que el árbol en mi casa queda, al menos, hasta el 10 de mayo, que es cuando mamá cumple años. Me acuerdo que un año, yo ya no vivía con ellos, el árbol estaba armado en pleno junio. Eso de boludos nomás.

Resulta que hace como unos tres años me mudé con Juan (mi novio), a quien también le da ilusión armar el árbol de Navidad, aunque obviamente mucho más centrado que mi hermano y mi mamá. Me acuerdo que le dije: “Ok, compramos un arbolito pero chiquito. La casa es chica, tenemos gatos y la verdad es que no quiero estar mil años armando el árbol”.  Así que ahora tengo un árbol supermodernoso con luces led incluidas (así evito ponerle luces), bastante chico y con algunos chirimbolos. Mientras tanto, en mi casa materna, siguen bajando el árbol del armario, poniéndole los chirimbolos de mi bisabuela y colgándole guirnaldas. Y yo cada vez que los visito, disfruto de verlo chispeante en la ventana del living.

T. de T

 

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