RELATOS

El chico Hadouken

Línea 522, 9:15 de la mañana y yo estaba llegando muy tarde a mi trabajo. Como es habitual iba parada y pendiente de que la gente se moviera al fondo porque detesto que no avancen cuando hay personas para subir. Dos asientos a mi izquierda quedó un lugar libre y un señor enorme se contorsionaba en el intento por entrar y sentarse. De repente lo vi, él estaba en la otra fila, a espaldas mías, pero al parecer es de los que relojean todo el tiempo el ómnibus en busca de asientos libres y quiso acceder al que ya había ocupado el señor enorme. Su movimiento no me llamó la atención en ese momento y su aspecto era casi normal. No llegaba a los 20 años, vestía con jean, zapatos y campera negra que tenía unos dibujos en rojo en la parte de atrás. Quizá lo más llamativo era su voluminosa cabellera enrulada también negra. Definitivamente necesitaba un buen corte de pelo que le acomodara esos rulos.

El viaje siguió normal. Como una señora con un lindo trajecito azul no se corría, me escabullí hasta el último tramo del pasillo y quedé a la altura de la puerta. Una señora con una valija gigante decidió bajarse y conseguí un asiento en la fila de cinco del final del ómnibus (seguro que la del trajecito se arrepintió de no moverse, el lugar hubiera sido para ella). Y ahí, un movimiento extraño hizo cambiar mi atención al chico de negro. Estaba al lado de la puerta, giró noventa grados hacía el fondo con una gracia digna de un robot y con sus dedos como pegados y en forma de cuchara, juntó sus manos, las rotó, comenzó a estirar los brazos y gritó “¡HADOUKEN!” como en el emblemático videojuego Street Fighter…

Bueno, en realidad no llegó a gritarlo, pero era lo que mi mente esperaba que hiciera porque todo su cuerpo se movió pensando en eso. Lo que pasó fue que estiró los brazos como desperezándose, los bajó y se quedó parado obstruyendo la puerta con una mirada perdida y en una pose muy poco estética. Me quedé observándolo. Él no se percataba de que estaba en el medio, no se percataba de que su pubis quedaba a la altura de la cara de la señora que estaba sentada al lado mío, no se percataba de que seguía con sus dedos apretados y la mano tensa en posición de cuchara.

Un señor iba a descender, el chico Hadouken rotó su cuerpo con su movimiento robótico para dejarlo pasar. La señora al lado mío se paró para bajar, el chico Hadouken se sentó en su lugar y hasta me pareció oír ruido a engranajes en cada uno de sus gestos. Encorvado en su nueva posición escuchaba música. El ruido del motor bajo mis pies (o más precisamente bajo todo mi ser, porque estaba sentada al fondo del 522), no me dejaba distinguir su banda sonora. Me incliné un poco hacia la derecha para escuchar, solo pude notar que la batería sonaba muy rápida y fuerte. Asumí que era rock o metal, seguro que cumbia no era. Me faltaban solo dos paradas para llegar a destino y yo quería ver qué otra cosa hacía el chico Hadouken. Pero en ese tramo no hizo nada. Le pedí permiso, me paré y le di la espalda. Toqué el timbre para bajar y percibí movimientos a un lado. El chico Hadouken se iba a bajar en la misma parada que yo. Decidí que lo iba a observar. Me bajé, me ajusté la cartera para hacer tiempo porque él venía atrás y cuando por el rabillo del ojo seguí su descenso, ya no tenía excusas para seguir parada y lamenté que hubiera ido en dirección contraria. Seguirlo quizás me hubiera servido para escribir un nuevo relato.

Foto y texto: A.S.O.

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