RELATOS

El Vals

Los primeros acordes invadieron el salón y los invitados formaron cuidadosamente un círculo en torno a los novios. Sus miradas se rozaron, fugaces, tímidas. Ella intentaba no mirarlo, por miedo a ser descubierta. Él, en cambio, clavaba sus ojos en ella, buscando intimidarla. Cada acorde era un sacudón, sacudón de emociones, de cosquilleos. El tintineo de los cristales, los aplausos y los abrazos efusivos se colaban en el coqueteo. El viento, celoso de esa escena, procuraba llamar la atención, y de tanto en tanto hacía temblar los ventanales del salón. Apenas habían pasado algunos segundos, aunque para ella habían sido horas, cuando decidió volver a mirar. Y ahí estaba, como una estatua, observándola. Atrevido. Sus ojos se hundían en su pecho; intensos, pícaros. Sintió que ya no podía contenerse.

El vals ahora sonaba en silencio. Lo único que allí latía con fuerza era el deseo impaciente que recorría sus cuerpos. Ella se detuvo en su boca, y se quedó allí hasta que una nueva avalancha de aplausos le recordó donde estaba. Respiró profundo y desvió otra vez su mirada. Distraída, conversó con una amiga, se sirvió una copa de vino, y tras emitir una risita tímida volvió a mirar.

Él la recorría sin tapujos. Ella se sintió indefensa ante ese ataque, ante esa batalla que sabía que no iba a poder ganar. Y nuevamente se dejó llevar. Al compás de la música sus cuerpos empezaron a moverse, y a la distancia danzaron, libres. La melodía los trasladó a un sitio inexplorado, a un lugar que no conocían. Ella se quedó ahí, hasta que una mano tocó su hombro y de lejos, desde muy lejos, alguien le dijo: Querida, ¿vamos a la mesa?

Texto y foto T.de. T

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