RELATOS

El viejo de la bolsa

El banco de la plaza era blanco y frío. Blanco y frío como la sala de operaciones del hospital. La pulcritud de ese lugar siempre le dio seguridad. Techos altos, azulejos brillosos e impecables en las paredes y la luz cegadora. Estaba sin duda en su paraíso en la tierra. La enfermera se acercó para informarle que ya era la hora. Con 35 años de edad y varios de experiencia, no se consideraba ni joven ni viejo. “Otra operación más”, pensó para darse fuerza y ahuyentar los miedos. Y así fue. La niña despertó sin su apéndice, un poco dolorida, pero feliz por no tener que ir a la escuela un par de días.

Un bocinazo lo trajo de vuelta al banco blanco de la plaza. Hace dos semanas que no se baña y el olor del vino barato se confunde con el aroma agrio de sus ropas. Hace tiempo que debería haber cambiado de vinería. En la de la esquina le dan el vino rancio. Siempre volvía a su cabeza la operación de esa niña. La enfermera ajustándole los guantes, el tapabocas verde agua, la sensación del bisturí cortando la piel suave y tierna, la precisión de sus movimientos, la gota de sudor en su frente y el recuerdo de aquella niña sin nombre. ¿Seguirá viva?¿Cuántos años tendrá?¿Se habrá casado y tenido hijos? Tal vez era una pobre mendiga. — Y si yo digo que tengo razón es porque la tengo. Nadie me va a decir a mí, el mejor cirujano del país que esto no es un bisturí — empezó a gritar mientras sacudía un palito de helado— ¿Sabés cuántas veces viajé a Berlín? Ocho. La primera vez fui de luna de miel y las otras a dar conferencias. —Silencio— Ella estaba tan linda con su trajecito azul y los zapatos marrones que le había regalado su mamá….—. Su voz se quebró y el hipo se unió a la catarata de sensaciones — ¿Y vos qué mirás?—-.

La sala de operaciones estaba otra vez lista pero más limpia de lo habitual y con música de fondo, pequeños privilegios de los pacientes familiares. Sonaba jazz: Ella Fitzgerald y Louis Armstrong se entendían de maravilla en esa cinta. La operación sería sencilla. Abrir, sacar, cerrar, limpiar y a casa a recuperarse unos días. Ella ya había dejado todo preparado: la cama tendida, las compras hechas y hasta la mesa puesta. Él le había dicho que se podía hacer cargo de todo. De verdad estaba dispuesto a hacer un sacrificio y aprender a cocinar, al menos por esos tres días de reposo. Guantes, tapabocas, lentes, anestesia. La función iba a comenzar. Se saludaron con un beso breve por pudor (las enfermeras estaban en la vuelta), se apretaron las manos con delicadeza y se miraron con la misma mirada enamorada de aquella noche de verano que se conocieron en la playa Pocitos gracias a un amigo en común. Ella le tenía confianza ciega y él la amaba más que a su profesión. Moonlight in Vermont era su canción favorita y sonaba cuando la anestesia los separó. Diez minutos. Temperatura normal, pulso normal, pupilas controladas. Todo saldría bien.

Las palomas se empeñaban en hacerle compañía y él las espantaba porque consideraba que eran los bichos más sucios del mundo. —Yo le dije que ese árbol era demasiado grande para el patio de casa, pero no me dejó cortarlo. Toda la vereda me levantó y los hijos del vecino venían a treparse en él. Qué frío que hace, che… Y esta juventud mal educada que no dice ni buenos días. ¡Buenos días, joven! ¡¡Dije BUENOS DÍAS!! ¿Dónde dejé mi bolsa? Ese viejo roto del campito me quería robar la bolsa. Ya no se puede confiar en nadie. Ayer tenía tres cartones y ahora tengo dos. Seguro fue ese viejo ignorante que no diferencia una paloma de un gorrión. Augusta, te amo. Podrías haberme ayudado a cargar la bolsa por lo menos… Ni siquiera te pido la casa, solo la bolsa— murmuraba entre dientes al caminar, mientras la gente cambiaba de vereda para no sentirle el hedor.

Las hernias eran cosas fáciles de sacar y en realidad tampoco eran tan molestas. 40 minutos y ya estaban por cerrar. Todo un éxito. Pero la pulsación empezó a cambiar. La enfermera frunció el ceño y lo miró un poco contrariada. Sus guantes blancos estaban más rojos de lo que deberían estar. Algo se rompió. Las trompetas del jazz ya no coincidían con el ritmo del corazón. La tranquilidad del lugar se fue convirtiendo en un caos y el bisturí ya no era un arma salvadora. —Doctor, está perdiendo mucha sangre. ¿Qué hacemos?¿Doctor? ¿Doctor?—. No podía pensar, no entendía qué había pasado, todo estaba tan bien y de repente apareció algo allí más grande que una hernia, más descontrolado que una simple taquicardia. Años de estudios, años de práctica y de pronto la operación más sencilla y más importante de todas se estaba convirtiendo en la más riesgosa de su carrera. Tenía mucho más que perder que una vida ajena. Ella estaba en sus manos, literalmente en sus manos. Frágil, dormida, pálida y hermosa. “Es tan hermosa”, pensó. Sus manos se paralizaron como las de ella, su mente quedó en blanco como la habitación, el miedo le corría como anestesia por la sangre bloqueando sus movimientos. Todo a su alrededor se transformó en idas y venidas de gente que ya no lo sacudía para traerlo a la realidad. La enfermera fue a buscar a otro médico. Lo empujaron a un lado y lo sentaron como a un niño en penitencia en un rincón de la habitación. En cámara lenta vio como dos médicos y tres enfermeras corrían con gasas, medicamentos, instrumentos y miradas desesperadas. Dejó de escuchar. Lo siguiente que supo fue que se estaba lavando los guantes y que no quería enfrentarse al momento de volver solo a casa.

Mendigo-en-Paris_-Isidre-No

Todos los días pasaba un rato en la esquina de la farmacia, sobre todo en las mañanas, arrastrando su bolsa de mugre servible, orinado hasta las patas y con los pelos largos y grises. Nunca le gustó afeitarse, a ella le gustaba el cosquilleo de su barba cuando la besaba. —¿Una monedita para el vino? No me ven porque no quieren. Saben que yo no creo en dios y por eso me ignoran. ¡No pienso creerle a un viejo amarrete por un plato de comida, no señor! ¡Salí, paloma de mierda! No me toqués, no me toqués que vomito. Yo sabía lo que tenía que hacer pero no podía moverme. Porque un médico siempre sabe lo que tiene que hacer. Pero con ella no supe…Tengo sed—. Sed y piojos tenía; y un andar arrastrado que condecía con su edad. Nunca se pudo matar. Lo intentó, pero la suerte siempre lo salvó. Tenía que pagar su pena por no haber podido salvarla a ella. Ahora ya hace tiempo que no va más por la esquina de la farmacia ni por la plaza. Las palomas lo extrañan aunque nunca les dio de comer. Su familia se perdió en el tiempo. Sus confidentes son las pulgas y algún viejo borracho que mira con recelo su título de doctor, guardado en una funda y escondido en el fondo de su bolsa junto a la foto de casamiento de su amada Augusta.

A.S.O.

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