MUNDORELATOS

En la ruta

Viajo, tengo la necesidad irremediable del movimiento. Siempre me gustaron los aeropuertos, las estaciones de bus, de tren, de metro; ser copilota, manejar, hacer dedo. Cuando viajo mi cerebro se anestesia. Durante unos cuantos años, en los que tenía casa, novio y trabajo fijo (eso que parece que hay que tener alguna vez en la vida), intenté contenerme porque esa necesidad para muchos era un signo de inestabilidad, de cierto inconformismo, de inmadurez. Hasta que no quise contenerme más, no pude.

Hace casi seis meses que estoy viajando y cada vez que hago ruta, sola o acompañada, me pasa que no quiero parar. Quizá porque le tengo un miedo gigante a la rutina. No sé. Lo que sí sé es que armar y desarmar la mochila me genera un placer indescriptible.

Cuando me preguntan cuando vuelvo a Uruguay siempre digo lo mismo: “ni idea”, aunque en el fondo sé que esto en algún momento se va a terminar, básicamente porque la plata se me está acabando. Así que mientras encuentro e invento formas de seguir en la ruta, me prometí saborear cada kilómetro y hacer de cada armado/desarmado de mochila un verdadero ritual para jugar un ratito a atravesar al tiempo.

 

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