RELATOS

Encierro

Eran las 9 de la mañana, llovía a cántaros. Cerró la ventana de la cocina y el vaho se hizo insoportable. El sitio olía tan mal, que sintió ganas de vomitar. Fue a su dormitorio, se puso el salto de cama y respiró profundo mientras se recostaba sobre una de las descascaradas paredes. Fue ahí, ese día, cuando decidió que no iba a salir más de su casa y no hubo forma de convencerla de lo contrario. No estaba segura de absolutamente nada, solo de eso. No era difícil, simplemente tenía que evitar el contacto con el exterior. La angustia del contacto con ese mundo la estaba haciendo demasiado infeliz. El mundo era jodido, más de lo que le gustaría, y no le interesaba pertenecer a él. Pero no quería matarse, no tenía estómago para eso. Extrañamente aún disfrutaba de pequeñas cosas de la vida. Preparar su café, sentir la brisa que corría alegre por los pasillos, encender la radio y leer el periódico. Sola. Feliz. Así era como pretendía pasar el resto del día, de sus días. Sabía que para lograr su propósito con éxito, debía tener un aliado, alguien que le ayudara a subsistir. Amir, la única persona en la que confiaba, tenía que ser su contacto con el mundo exterior. El viejo, que hacía tiempo le tenía ganas, le traía la compra del supermercado y algunos caprichos. Buena gente, aunque un poco entrometido. Pero esa es otra historia.

La cuestión es que los meses pasaron. Algunos días la soledad se volvía cruda, violenta, difícil de soportar. Había olvidado la sensación de un abrazo, inclusive, algunas veces, gritaba en el baño, solo para escuchar el eco de su voz. Otros, tarareaba algún tema pegadizo, feliz entre las sombras de su hogar. Ya no tenía sentido saber qué día era o en qué hora vivía, daba igual. Eso le provocaba confusión, y disfrute, realmente estaba disfrutando de los brotes psicóticos que le dejaba su soledad. El exterior ya no era tal, había perdido referencias espaciotemporales, ya no le importaba nada ni nadie. Lo había logrado. No tenía que soportar las puteadas de su jefa, los chusmeríos de sus vecinos, ni los reproches de sus amigas. Se había alejado de todo, y probablemente, ya nadie la recordaría… Ya nadie la recordaría… se repitió esa frase una y otra vez, como intentando determinar el sentido de su vida.

El canto de un pájaro se posó en su ventana. Sabía que ese era su último día. Se puso el mejor camisón que tenía, lo había guardado para la ocasión más especial de su vida: su muerte. Y esperó, como quien espera ese acontecimiento importante. No sentía miedo, sino un placer inmenso, una paz completa y auténtica. Cerró los ojos y esperó la luz. Un rayo de sol trepó irreverente por entre las sábanas, y el grito desesperado del despertador sacudió el ambiente, ya era hora de ir a trabajar.

T.de.T

Ilustración: Sofía Teperino

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