RELATOS

“Estado civil: Divorciada”

Llega un momento en el que uno se da cuenta que luego de haberlo intentado prácticamente todo, el matrimonio en el que se pusieron las fichas, el que uno soñaba como eterno, aquel que imaginó imperturbable e indestructible, debe terminar. Por supuesto que ya sabemos que seguramente fueron muchos años de sis y nos, de “no es lo que quiero para mi vida” y “de sigamos intentándolo”.
Pero llega ese instante justo, igual que cuando uno hace chantilly, que si sigue batiendo se pasa del punto de la crema.
En el matrimonio, cuando a uno ya le pesa seguir y son más importantes los porqués de otros que los propios, es momento de levantar el dedo y hacerle dedo a la vida.

Dentro de los grupos de divorciadas, están las felices. Las que se sacaron un peso de encima. Las que sienten la vida como un renovarse. Las que miran para atrás y no entienden cómo y porqué no tomaron esa decisión antes.

Y están las mujeres que vivieron por casi 20 años con un hombre y se acostumbraron mucho a rutinas compartidas. Ahora ellas deben enfrentar cual Indiana Jones, una vida solitaria donde deberán resolver qué hacer con los tres niños todo el día, arreglar los problemas entre ellos sin amenazarlos con acusarlos con papá, deberá saber qué caño cerrar cuando se rompa una canilla, cómo se llena la bañera de hielos para las bebidas y dónde se compran dichas bolsas en las fiestas de fin de año. Saber quién juega con quién en un partido, cambiar cables, saber la ubicación de los fusibles, estar al día con las cuentas y saber cuándo vencen las facturas y colgar o descolgar cosas altas haciendo aparecer escaleras que no sabemos dónde están.

diosa (1)

Y te pasa un día que se rompe el caño, y en lugar de gritar desequilibrada el nombre del marido que ya no tenés para que venga a arreglar tremendo embrollo acuático, vas al lugar y en una milésima de segundo con un ojo preciso a lo serial de CSI, te das cuenta de dónde sale ese chorro de agua volcánico que ahoga cualquier esperanza, vas al patio corriendo a cerrar la llave del agua, lavás todo y averiguás qué cosas tenés que comprar mañana en cuanto abra la ferretería. Porque todo eso siempre pasa a las 2 de la mañana.
Y otro día te pasa que te tuviste que comprar un lavarropas y sabés que no es lo suficientemente difícil como para llamar a un técnico, ni lo suficientemente fácil como para que lo haga tu hijo de 13. Porque instalar un lavarropas, es una cuestión de disposición. Entonces abrís el manual, leés todo de pe a pa, sacás, girás, colocás, hacés el programa de lavado inicial que te pide el mismo, y záz, instalaste el lavarropa.

La vida sin el ex hace que una se sienta todopoderosa. Como una especie de ser pulpístico que aparte de trabajar y pagar las cuentas, lavar, cocinar, tener prontos los uniformes, puede instalar lavarropas, arreglar citas con técnicos, ir a la ferretería a comprar herramientas, y saber la diferencia entre el macho y la hembra de la entrada de un caño.

Gabi Rufener

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