MUNDO

Galápagos, el triunfo de la vida

Cada amanecer, apenas el sol se eleva desde las aguas como en una profecía religiosa, las iguanas marinas de sangre fría marchan hacia las rocas para absorber el sol ecuatorial. No se sabe bien cómo aprendió a nadar este animal de tierra firme ni de qué manera logró aguantar con una sola respiración zambullidas a más de diez metros. Pero ¿por qué decidió comer las algas rojas y verdes que nacen en estos mares? Sencillamente, no tuvo opción.

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Único e irrepetible, este lagarto marino de ancestros terrestres paga aún los costos de su cambio de hábito. Cada tarde, al retomar el calor de la piedra, expulsa por sus orificios nasales la sal tragada en su travesía, en la que debe eludir a juguetones lobitos marinos que no entienden de precisiones cronométricas. Si su cálculo no falla, el último suspiro las devuelve otra vez en la piedra, donde se entregan a movedizos cangrejos que caminan por encima de sus cuerpos y rostros removiendo vestigios de algas, parásitos y piel muerta, estableciendo una relación simbiótica fabulosa.

Ellas son apenas un ejemplo de este archipiélago tan inabarcable como extremo, con tortugas que, pese a sus caparazones, aprendieron a trepar; pingüinos que se acostumbraron al agua tibia; piqueros de patas azules que se lanzan suicidas para pescar el fruto que reavive su color y los vuelva atractivos a las hembras…

Adaptarse y triunfar, o morir. Las únicas dos opciones en las maravillosas islas volcánicas.

Por: Pablo Donadio

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