RELATOS

Hasta luego

 

Intentó abrir la lata de arvejas que hacía un tiempo tenía en el armario de la cocina. Sacó el abrelatas del cajón, ese que siempre abrió mal, e intentó hacer su mejor esfuerzo. No pudo así que lo volvió a intentar con menos paciencia y más fuerza. Apenas logró abrir una rendija.

La luz de la cocina no funcionaba, ayer había explotado la bombita. Así que encendió la hornalla para ver un poco mejor e intentar abrir la lata con otra “cosa”. Nunca se había llevado bien con los abrelatas (tampoco nunca había tenido uno medianamente bueno) y con ese en particular, la relación era mala.

Ya no podía controlar las lágrimas. Las manos le temblaban y sentía un nudo en la garganta, le faltaba un poco el aire. Agarró una tijera y comenzó a intentar abrir ese recipiente, pero nada, parecía que ese cilindro plateado se negaba a ser abierto completamente. Un acto cotidiano se había transformado en una  verdadera hazaña. La abrazó un sentimiento de nostalgia.

“Abrite carajo, abrite”, gritó y comenzó a llorar. El sonido cubrió aquella fría noche de primavera. Y se coló por entre las ramas de los árboles, sin pedir permiso.

Recordó fugazmente esos momentos que ya casi no recordaba. Esas imágenes que se le habían borrado de la mente, y que se había prometido que jamás olvidaría. Pero 12 años después muchas simplemente habían desaparecido.

Vio que su dedo estaba sangrando, no había sentido el corte. Se apretó fuerte con el repasador y abrió la canilla de la cocina, escuchar el ruido del agua la tranquilizaba; la dejó correr. Respiró profundo y se recostó contra una de las paredes que daba al patio del apartamento y se quedó en silencio.

Quiso volver a recordar, buscaba incansablemente ese tiempo que habían compartido, pero los recuerdos ya no eran como antes. Habían perdido consistencia, claridad, aunque seguían siendo tan mágicos, como siempre.

Se permitió extrañarlo, le había costado mucho permitírselo, y también se permitió sentir ganas de abrazarlo. Se moría de ganas de que estuviera ahí, pero sabía que eso ya no iba a pasar. Había asumido muchas cosas, había trabajado el duelo, ya podía hablar de él con otra persona sin que le dieran ganas de llorar. Pero nunca dejaba de extrañarlo. Le costó darse cuenta de que iba a ser así, de que de vez en cuando iba a sentir ganas de darle un abrazo, de que le dijese algo, cualquier cosa.

Volvió a llorar. Necesitaba desahogarse de esa angustia que provoca la ausencia de alguien que queremos. Las lágrimas la ayudaban a relajarse, a sentirse más libre, con menos peso y más acompañada. Por un segundo se imaginó un mundo en el que todavía estaban juntos, ese mundo en el que la pasaba a buscar del liceo y la llevaba a pasear. Un mundo repleto de música, de risas, de acordes, que aunque hoy son bellos, nunca serán los mismos. Apoyó su rostro sobre el pecho, se hizo un bollito (siempre fue  su fórmula infalible para alejarse del mundo). Y lloró, como hacía años no lo hacía. Recordó la última vez que lo había visto. Él estaba en el auto, le había gritado que la quería, tocó bocina y levantó el pulgar, en señal de que todo iba a estar bien. Nunca más lo vio. Esa fue la forma que él encontró de despedirse, aunque sin saberlo. Ella supo que, extrañamente, todo iba a estar bien, aunque él ya no estuviera ahí para compartir los nervios de un examen, un almuerzo bajo la parra de la casa de la abuela o los mates sentados en la mesa de la cocina aún en pantuflas.

Las imágenes ya casi no permanecen pero sabe que jamás olvidará las risas, porque solo junto a ellas podrá estar todos los días y para siempre cerca de su papá.

Dejó la lata a medio abrir sobre la mesada. Se puso su saco negro, se envolvió en una bufanda y salió a caminar. Necesitaba un poco de aire antes de volver a la cama.

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