RELATOS

La sed de lo inmediato

Llegó cansada. Dejó el tapado sobre la silla y se sirvió una copa de vino. Afuera la niebla lo tapaba todo. Agarró el celular y empezó a contestar mensajes, estuvo así 45 minutos. Hasta que los mensajes dejaron de llegar. Eran las 22:10, no había hecho planes para ese día. Se mordisqueó el pulgar, entrecerró los ojos y volvió a agarrar el celular. Nada, no había actividad pero necesitaba acción. Amaba esa especie de libertad que había logrado durante los últimos meses, esa independencia de hilos envolventes pero tenía sed y deseaba exponerse a situaciones límites, a la adrenalina desenfrenada que tocaba el timbre una y otra vez, y que le complicaba la cabeza. “Qué importa, la vida es una”, se repetía como un mantra estúpido e infantil. Más inmediatez, más sed y después la angustia de la confusión. Y así se revolcaba en el placer, el desenfreno y la insensatez.

***

La persiana estaba abierta. Los rayos de sol jugaban a esconderse. El canto de un pájaro la despertó, aunque todavía no sabía si ese canto era parte del sueño o de la realidad. Quiso buscarlo pero ya no lo veía, ahora solo lo escuchaba. Miró para el costado y suspiró. Caminó descalza por el corredor gélido del departamento y se detuvo ante el ventanal del living, se veía el mar. Se sentó en el suelo y se quedó ahí, casi que hipnotizada por esa belleza de la naturaleza que le estaba siendo regalada. Se sirvió un vaso de jugo, se calzó los championes y salió a caminar. Disfrutaba de ese frío helado, que le robaba las ideas. Miró para todos lados y no había nadie. Eran las 7 de la mañana de un sábado de julio. Gritó, gritó, gritó. Mientras corría gritaba. Ahhhhhhh, y más fuerte, ahhhhhhhh. Abrió los brazos y siguió gritando. Se paró frente a un árbol, se sacó los championes (la sensación térmica debía ser de 5 grados) y lo abrazó. Se quedó ahí hasta que se le empezaron a contracturar absolutamente todos los músculos y se acordó de que tenía frío, de que eran las 8 de la mañana y de que no estaba en un filme de Woody Allen, aunque le hubiese encantado.

***

Escribió y borró 10 veces el mismo mensaje. El destinatario no era adecuado para ese momento. Sabía que no valía la pena escribir. Que no iba a sumar absolutamente nada. Nunca fue buena estratega, de hecho sus impulsos la habían llevado a ser una pésima jugadora en ciertos momentos. Y obviamente escribió. Del otro lado hubo respuesta. Lo vio, lo besó, lo abrazó, se enojó, lo dejó. Otra vez tenía sed. Suspiró. Y volvió a ponerse la campera para salir a correr. Esta vez no se sacó los championes, la garganta le dolía. De a ratos se sentía algo psicótica. Tan incontrolable como disfrutable. Se entregaba al placer, se avergonzaba, volvía a entregarse y cerraba la puerta.

***

Estaban vestidos de grandes y sentados sobre una valija. Había un globo terráqueo en el suelo, parecía que iban a conquistarlo. Cada uno llevaba un sombrero de ala ancha y miraban al horizonte. No se tocaban aunque la comunión entre esos dos seres era magnífica. Frunció el entrecejo, hacia 15 horas que estaba en posición horizontal. Su primer pensamiento fue un poco intenso para esa hora de la mañana. Versaba sobre la incapacidad que de ratos tenemos los humanos para pelear por eso que creemos que es la más absoluta felicidad. Ese miedo casi que paralizante que obliga a delinear mundos ficticios con dejo de “realidad”.
A ella le empezaron a costar más que antes los finales felices y hasta se avergonzaba por ellos. Odiaba parte de su visión infantil y romántica del mundo, pero no podía evitarla. Pareciera como que de algún modo, a través de ya casi cualquier cosa, quisiera conservar la belleza; la belleza de ese instante intangible. Era como una lucha quijotesca, absolutamente adrenalínica, que a esa altura estaba dispuesta a asumir para poder sobrevivir.

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