RELATOS

Lo de Nelson

Un almacén que está detenido en el tiempo, un almacenero que se niega a cambiar sus reglas para que este mundo gire cada vez más rápido. LO DE NELSON es una crónica que relata la pintoresca fauna que se despierta cada día en una esquina de un barrio de Montevideo.

Pelaba papas, muchas. Una tras otra, a esa altura era casi un acto reflejo. En medio de ese delicioso ritual, en el cual estaba con la música a todo trapo y cantando como desaforada ante un público que no era más que papas, advertí que me faltaba un ingrediente para cocinar: el aceite.

Era un sábado de enero, en Montevideo no quedaba nadie, nadie, nadie. La ciudad exudaba un perfume solitario, auténtico y pacífico, de los que te hacen un guiño, para que en definitiva no te sientas tan sola. Un día como esos había un único lugar que estaba abierto cerca de casa: lo de Nelson.

Nelson tiene unos 50 años y hace muchos (no sé cuántos) tiene un almacén en una esquina de un barrio de Montevideo. Es un buen tipo, laburador y tranquilo. No creo que esté casado pero me parece que tiene un hijo de unos 20 años, de vez en cuando lo veo por ahí revoloteando.

Su apariencia es clásica: una hering blanca, bermudas, chinelas y quizá algún sombrero discreto.

El asunto es que el tipo vive en otro lugar, no en 2015 y no en Montevideo. Entrar a su almacén resulta una experiencia única, sideral, y lo digo en serio.  En su despensa se detiene el tiempo o por lo menos baja la velocidad. Es como si te trasladaras en el tiempo a la década de 1950 y en el espacio a un almacén de un pequeño pueblo del interior.

La estructura de su despensa resulta un tanto disfuncional para los tiempos que corren, y no hay ni un atisbo de que esto cambie. Nelson se niega al formato “supermercado” con góndolas para que el consumidor pueda elegir el producto, él prefiere al viejo almacenero aunque eso suponga ganar menos dinero. Prefiere tener los productos bajo control y darlos a su tiempo a cada uno de los inquietos consumidores.

–Deme huevos, dice una señora de unos 70 años preocupada por su caniche que había dejado en el exterior del negocio.

–¿Cuántos?, le pregunta Nelson pronunciando cada una de las letras.

–Mmm, una docena

Las preguntas se repetían, cada vez con más pereza bocal. Ese día éramos unos cuantos; una cola de seis personas que supondría una espera aproximada de 30 minutos. Ya lo sabía, era consciente, incluso me gustaba aminorar la marcha y desafiar a la paciencia.

–Hola, buen día. ¿Qué estás necesitando?

–Queso de untar, una flauta y dos Salus de litro y medio, le dice la chica veloz. (Estoy segura de que pronunció todo junto, para no dar lugar a ninguna pregunta).

El ruido de las heladeras, el frescor del aire acondicionado y el repiquetear de los dedos de la chica sobre el mostrador, se codeaban, tímidos, por entre los presentes.

–Te pongo una bolsita, le dice mordisquéandose el labio.

–No, no, no, dice la chica y con una sonrisa (en lo de Nelson la cordialidad siempre está presente) sale del lugar.

De a poco los clientes fueron pasando. Él atendía con serenidad y exactitud.

Se subió a un banquito para alcanzar un Cif que tenía sobre uno de los modulares, después lo vi ir hasta la entrada para buscar un pan Bimbo que pedía otra vecina, y también se las ingenió para sacar el último Cabernet Sauvignon de entre una pila de vinos que estaban cuidadosamente dispuestos sobre las baldosas.

Al principio, los primeros días que iba a lo de Nelson, pensaba que me atendía así a propósito, como para que bajara un cambio. Después me di cuenta que lejos de advertir mi acelere diario, él era así. Y no solo eso sino que quería atender el negocio a su modo, con sus reglas. Quería tomarse el tiempo para pesar los tomates, para ir a buscar el vino al fondo o para cortar el salame. No había apuro y el que no quisiera esperar, no tenía por qué hacerlo, se podía ir. Por eso, algunas veces cuando ando media impaciente me voy a lo de Nelson, me recuesto sobre sus heladeras y veo pasar el barrio, oigo el latido de la ciudad.

T.de T

2 comments

Unite a la discusión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *