RELATOS

Lo que nunca jamás

Hacía mucho frío, mucho más que ayer, mucho más del que va a hacer mañana. Un frío seco, enojado, un frío capaz de congelar despiadadamente todo nuestro cuerpo. Caminaba y miraba cómo la calle parecía abrirse, cómo las nubes parecían estar juntas dándose calor, cómo los árboles iban perdiendo con tristeza sus hojas.

La estación del año que trae recuerdos y felicidad para muchos; y soledad para otros. Una estación destinada a la memoria para que las almas solas se lamenten y las almas alegres se regocijen junto a otras. Una estación del año donde nadie se atreve a caminar si no es por necesidad. Y entre tanto escándalo, me encontraba yo evocando recuerdos. Iba en busca de detalles que quizá se habían escapado de mi en otras oportunidades, iba en busca de olores, de buenos momentos acompañada de mi compañía, cuando de repente me encontré con una persona que carecía de muchas cosas pero tenía el alma acogida de compañía. Estaba acompañada por un animal que, puedo jurar, parecía adquirir características humanas con sus actos.

No demoró más que segundos en captar mi atención y desviar todos mis pensamientos hasta centrarme completa y enteramente en la situación, su situación. Se oía un sonido fácil de reconocer, como de castañuelas; sus dientes hacían música con el frío, mientras sus pies seguían ese ritmo y con intermitentes soplidos él calentaba sus manos.

Era un hombre en cuyos ojos se podían ver un sinfín de historias que yo quería escuchar pero no estaba segura de que me fuera a contar, un hombre que con corazón transparente no pedía ni tampoco lamentaba.

Entonces fue cuando me entristecí, la piel se me erizó, mis manos comenzaron a enfriarse y una sensación de culpa me invadió. La cantidad de buzos que traía conmigo deformaban mi figura y de igual manera seguía sintiendo el aire tan frío como la nieve, cuando aquel hombre solo calentaba su ser con él mismo y el roce de aquel animal tan entregado. No pude evitar querer compartir mi tiempo con aquella persona que recuerdo tan humilde, tan sencilla.

Me acerqué y solamente le pregunté si tenía alguna historia para compartir conmigo. Él ni siquiera había notado mi presencia y con unos ojos más dulces que la miel me miró sorprendido y me pidió que tomara asiento. Sentí como si su voz volviera a nacer con sus palabras, como si hiciera meses que no esbozaba una sílaba, entonces me sentí honrada. Me contó de su pasado, de sus proyectos, de su familia, de sus malas decisiones, de lo que pudo controlar y lo que lo controló, de cómo siendo como cualquiera de nosotros un día terminó sin nada. En sus ojos se notó cierto alivio, como si el dolor se hubiera desprendido de su alma.

Fue la historia más sincera que mis oídos tuvieron el privilegio de escuchar, mi tiempo mejor invertido. Entonces solo le agradecí por su tiempo y no necesité una respuesta, porque con solo una mirada me sentí reconfortada. Tomé mis cosas, lo volví a mirar pero esta vez con una increíble admiración y me repetí para mis adentros que nunca jamás volvería a decir que me estaba muriendo de frío.

Julieta Skunca

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