RELATOS

Mañana y noche

Eso que te hace feliz

Y ahí estaba, caminando sola a lo largo del puente Sarmiento. Me puse la capucha de la campera, miré para los costados y subí el volumen de la música. Me detuve a respirar el aire fresco, a mirar la niebla; en ese momento sentí que el mundo estaba a mis pies. No había límites, no había miedo, no había dolor. Seguí caminando, intentando prestar atención a los desniveles del asfalto. Me sentí poderosa, única, especial. El aroma a invierno me invadió, una pareja tomada de la mano a unos metros delante de mí me capturó y un puesto de tortas fritas me dio ganas de desayunar. Y me quedé pensando en esos instantes, que son cotidianos, que fortalecen por todas partes.

Seguí caminando, jugaba a hacer equilibrio en una línea pintada en el suelo. Levanté la vista (estaba concentrada en ir derechito) y vi a un niño parado frente de mí que mostraba orgulloso sus dientes. Solté una carcajada y él hizo lo mismo. En eso escuchamos un bocinazo, miramos para abajo y empezamos a ver globos de colores que salían de un coche rojo. Volaron y volaron haciendo del cielo una obra de arte. Apoyados en la baranda del puente nos miramos y sonreímos, y decidimos contemplar el paisaje, absortos, casi que hipnotizados por esa simple belleza.

La función había terminado, así que me saludó con la mano, hizo una morisqueta y en un ataque de vergüenza salió corriendo. Yo me quedé ahí, con una sonrisa, observando cómo se alejaba y abrazaba a su mamá que esperaba paciente del otro lado del puente.

T.de.T

 

Nocturno

No me pidas que pierda la libertad – dijo el pequeño árbol al bosque sombrío. Había mucha oscuridad, una oscuridad de azabache que oprimía el pecho y no dejaba respirar. Las estrellas no brillaban, intimidadas por el peso de la noche. El prado encantado parecía bajo el maleficio de una torre olvidada, eterna y maligna. La intriga acechaba, el sudor no salía, las palabras se aguantaban. El pequeño árbol seguía alerta. Nadie le preguntaba por su camino. Nadie percibía el aire enrarecido como él. Pocas ramas crujían. El corazón del parque enrejado absorbía energía y exhalaba pesadez. La luz anaranjada de la cuadra no dejaba pasar la espesura al mundo de los caminantes, pero el aire llevaba el conjuro nocturno, el miedo del pequeño árbol, los murmullos de las estrellas ocultas y el plap plap de los pasos rápidos que se alejan de la realidad de un posible más allá.

A.S.O

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