MUNDO

Mi primera vez

Sí, lo confieso públicamente, recién a mis 28 años de edad experimenté mi primer viaje en avión. Tal vez no fue ni el destino ni el avión con el que había soñado para iniciarme, pero la sensación de despegar de la tierra me abrió aún más el apetito por conocer otros lugares y me dio una sensación extrema de libertad. Comparto una crónica de este viaje de iniciación a la tierra guaraní por excelencia: Paraguay

Qué momento

Cuatro de la mañana, Aeropuerto Internacional de Carrasco. Mi contacto más cercano con los aviones había sido a la distancia, yendo al aeropuerto a recibir a algún familiar, pero esta vez era mi turno de sentir el poder de las turbinas, los cabellos al viento (metafóricamente) y de dejarme engatusar por los artículos del freeshop (cosa que solo lograron los chocolates y a la vuelta).

Antes que nada, vale aclarar que este viaje fue por una cuestión de trabajo y que el destino y el itinerario estaban predeterminados.

El avión que nos esperaba para llevarnos a Asunción (Paraguay) era del tamaño de un COT pero con alas. Yo estaba copada, mi colega y compañera de viaje, no tanto. “Ay, qué chiquito que es”, dijo y trató de disimular su nerviosismo, ya que sabía que sería mi primera vez en el aire.

Yo subí, me acomodé como pude en el minúsculo asiento, me abroché el cinturón y escuché con atención cada una de las rápidas palabras de la azafata, a quien por mi deficiencia visual apenas veía. Mucho menos vi cómo convertir el asiento en salvavidas. “Ya fue”, dije dejando de esforzarme por ver, “si nos caemos al agua me abrazo al asiento y listo”.

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El ómnibus/avión comenzó a avanzar en la oscuridad guiado por los mojones de luces azules que indicaban el camino. Era hermoso. En mi cabeza, cada una de esas luces era un hombre que en el conjunto formaban una línea perfecta e infinita, con la única función de guiar al piloto, saludar a los pasajeros y abrirnos paso hacía la incertidumbre del vuelo. SÍ, todo muy poético.

Momento del despegue. El ruido se hizo más intenso, la velocidad la podía sentir en el cuerpo y en unos segundos el avión se deshizo del piso, mi estómago se movió un poco de lugar y mi sonrisa se disparó como si tuviera cinco años. Montevideo de lejos y con el amanecer pisándole los talones es realmente una imagen de postal. Lástima que no pude fotografiarla más que con mi memoria, porque mi celular no quiso funcionar. A mi izquierda, las lucecitas de la ciudad se desperezaban y a mi derecha, el degradé del amanecer regalaba unos colores increíbles. Miré extasiada por la ventana hasta que solo vi nubes, ahí me acomodé en mi asiento, intenté dormir y antes de que pudiera entrar al mundo de los sueños, ya estábamos en el descenso.

Adorarás a los shoppings

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Confieso que descender no me gustó tanto como volar, pero la necesidad de seguridad a veces le gana al sentimiento de aventura. Llegamos a destino, el Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi de Asunción, y ahí me sorprendieron dos cosas: el pequeño tamaño del aeropuerto y el papel de migraciones que me hicieron llenar, en donde las opciones de registro eran Sr., Sra. y Srta. Me ofendí con la distinción señorita y no contesté nada en esa parte.

El remisero que nos llevaría al hotel esperaba con nuestros nombres en su mano, como en las películas. En los 20 minutos de viaje que tuvimos con él no pudimos sacarle una afirmación certera sobre su país, solo hablaba en términos generales y, por supuesto, nos trataba de “señoritas” (y no fue el único en repetir el epíteto). Autopista mediante, fuimos a dar a uno de los barrios pujantes de la ciudad, en donde grandes hoteles, edificios como el World Trade Center local y varios shoppings se acomodaban en una larga avenida muy similar a nuestra Avenida Italia, pero con las veredas más rotas y un tránsito más congestionado.

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Otra de las cosas que me sorprendió de Asunción y de sus habitantes fue el amor y admiración que profesan por los centros comerciales. Sinónimos de bonanza, prosperidad y progreso —al menos económicos— estas inmensas casas del consumo fueron mencionadas en más de una oportunidad como opción de paseo y centro turístico. Discúlpenme, fanáticos de las compras, pero la verdad que nada más aburrido que ir a pasear a un lugar lleno de precios insólitos, marcas con logos bonitos y vidrieras iguales a las montevideanas. Pero a pesar de mi poca simpatía hacia ellos, terminé yendo a dos y en más de una oportunidad (y eso que solo estuve dos días y medio).

Sola por la ciudad

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El primer día, los organizadores del viaje nos dieron rienda suelta hasta las ocho de la noche. Nosotras llegamos a las 8:30, fuimos al shopping a desayunar (primera visita) y después me fui a dormir al hotel Aloft, en donde nos estábamos alojando. Mi compañera de viaje se fue a pasear con un primo paraguayo por la ciudad mientras yo quedé despatarrada en mi gran cama con vista al WTC. A las cuatro de la tarde bajé a almorzar. Carne asada con papas al horno servidas en un brasero individual. Exquisito y llenador (la cantidad de comida que dejé sin terminar en este viaje me da vergüenza, todo era muy sabroso y demasiado abundante para mi escaso tamaño de estómago).

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—¿Qué se puede visitar acá en la zona? —consulté a las chicas de la recepción. —Ah, acá a dos cuadras tienes el shopping nuevo que abrió hace unas semanas. —No, otro shopping no, pensé. En ese momento empecé a sospechar que estaba en un barrio más financiero que cultural. Les expliqué que no quería ir a un shopping sino a otro tipo de lugar. Me recomendaron visitar el Paseo de las Carmelitas, a unas seis cuadras de allí. Mi intención era ir hasta el centro de la ciudad sola, pero me dijeron que no me iba a dar el tiempo si tenía que volver a las ocho. El tránsito es bastante denso en Asunción. Las calles son angostas y los autos que se ven andando y en las automotoras (las cuales pululaban por la ciudad) son de gran porte, lo que hace bastante tedioso y lento trasladarse.

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El Paseo de las Carmelitas no abarca más que tres cuadras de extensión y se caracteriza por tener en ambas veredas de la calle Senador Long varios bolichitos y restaurantes. Lucecitas de colores adornaban varios de los lugares que, a esa hora, mostraban mesas vacías y música fuerte.

Cada tanto alguna casa de diseño de interiores o de moda se interponía en el camino gastronómico y una galería de porte lujoso, sobresalía por su arquitectura.  No compré nada, pero  me quedé con las ganas de traerme la mitad de las cosas de una tienda de decoración en donde la vendedora me siguió por todo el local y me intimidó al punto de que me daba pudor sacar fotos.

 

Por la bahía de los guaraníes

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Como no podía ser de otra manera, el itinerario de viaje incluía un city tour por la ciudad. Que la casa del presidente a la izquierda, que la casa de la Independencia, que cruzamos la avenida del escritor Roa Bastos, que la costanera, que la nueva casa Samsung a la derecha… ¿La nueva casa Samsung? ¿En serio? Sí, en serio. La narración del guía resaltaba casi por igual las casas históricas de la ciudad como los centros comerciales. Junto con el guía “histórico” iba una narradora —o cuentacuentos— que mechaba algún relato sobre mitos guaraníes (como el de los siete monstruos) y algunas costumbres. Esto fue más interesante que el tour, aunque mis compañeros de viaje no pensaron lo mismo. El paseo por la ciudad fue todo arriba del minibús, solo bajamos en tres lugares: la casa de la Independencia, el centro del turista y la costanera.  _DSC0426Porque desde hace menos de tres años que Asunción cuenta con una costanera sobre el Río Paraguay, río al que dio la espalda desde su origen, pero del cual ahora disfruta a lo largo de 3,8 kilómetros de bahía que se transformarán en un futuro en 22 kilómetros.

Pero claro, no todo es gratis en la vida y ese pequeño lugar de descanso para los asuncenos (donde no se permiten los baños), tuvo un costo de 21,5 millones de dólares. La vista recuerda a las ramblas litorales uruguayas, donde el río descansa tranquilamente e invita a andar en bici, remontar cometas o juntarse con amigos a tomar un tereré.

Carne y mandioca

Si bien mi familia es de buen comer, mi abuela y mi madre cocinan como chefs profesionales y la ida al supermercado para mi madre es más un ritual que un mero trámite, yo soy bastante básica a la hora de elegir los menús y nula en la cocina. No suelo arriesgarme demasiado con los sabores, pero en los últimos años he ampliado mi espectro, sobre todo empujada por mi trabajo (digamos que no queda muy bien ir a un evento de una degustación y no probar la comida), así que no le hice asco a nada en Asunción.

Mucha carne, así resumiría _DSC0501mi experiencia gastronómica allí, pero nada de qué quejarme, porque todo era muy sabroso y, como ya dije, abundante. La primera cena fue una picada. Allí probé el famoso chipá: una especie de pancito de almidón de mandioca y queso, típico de Paraguay y el noreste argentino. Estos pancitos de textura pastosa eran un poco adictivos y hasta compré algunos para llevar a mi casa. Se venden en los supermercados envasados como galletitas y para matar el hambre son un buen aperitivo.

El otro plato típico que probé fue la sopa paraguaya, que de sopa no tiene más que el nombre. En un restaurante muy paquete al que fuimos (el Tierra Colorada) nos sirvieron dos variantes de este plato: con queso de cabra y con molleja; para no arriesgarme demasiado, opté por la primera opción.

La sopa paraguaya tiene el aspecto de un fainá de queso bien alto, pero con una masa tan pastosa como la de los chipá y en general se come como entrada o para acompañar otras comidas.

DSC_1426Luego de la “sopa”, el plato principal superó mis expectativas. Lomito de exportación con puré de espinaca, papines y arroz gratinado. Otra vez dejé la mitad —me sentía muy culpable por dejar aquella delicia— y el poco espacio que me quedaba lo llené con un postre que constaba de seis variantes de mousses de chocolate. Un orgasmo para mi paladar.

Qué momento 2

Obviamente durante el viaje tenía que pasar por algún momento medio “fauna”, como le decimos nosotras, en donde la incomodidad predomina y el “trágame tierra” se instala en la cabeza. Tuve que asistir a un evento, una especie de after, en donde iba a estar el grupo de música Miranda.

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Todo muy pipí cucú, ropa estilo cocktail, zapatos de taco, colores sobrios y mucho maquillaje. Por supuesto, yo caí de una forma no tan apropiada y al rato, luego de sacarme la infaltable foto cholula con Miranda (banda de la que solo conozco unas pocas canciones) me fui a cambiar de vestuario y a darle un poco de color a mi cara de vampiro al sol.

Créanme, mi look de vestido de media estación con botas de invierno era mejor que lo anterior, al menos pasé por snob y no por desubicada. Luego del autofashion emergency bajé para disfrutar del show, comer algo y confraternizar con colegas del mundo periodístico que, obviamente, estaban más acostumbrados que yo a estar en este tipo de eventos VIP.

A las pocas horas, Asunción amanecía fresca y nublada. Preparé mi equipaje, desayuné una buena dosis de harina, fui por enésima y última vez al shopping (mi compañera de viaje no quería volver sin haberse comprado nada en Forever 21) y me despedí de la ciudad que me recibió con sabores nuevos y una muestra de sus ansias de crecimiento.

Allí mi pasaporte ganó su primer sello y cumplí con el dicho de “siempre hay una primera vez para todo”.

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A.S.O.

 

 

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