RELATOS

MIAU

Cosa curiosa los miedos. No me refiero ni al miedo a la muerte, ni a que te roben, o a que se caiga el avión en el que vas, me refiero a los miedos inconscientes y difíciles de controlar, a cosas que otros consideran tontas.

El día estaba muy soleado. Tenía que trabajar pero el cuarto ordenado, la luz entrando por la ventana y acariciando mi cama me invitaban más a tirarme a leer que a otra cosa. Leí como una hora hasta que la somnolencia se apoderó de mi concentración y decidí sestear en la cama solo por media hora. Mi celular con la alarma activada, mi libro y mis lentes estaban a mis pies, mientras mi cara se recostaba en un almohadón amarillo con forma de perro aplastado. Estaba soñando, no recuerdo qué, pero sé que estaba soñando cuando la confusión se apoderó de mí. Sentí un golpe en mis piernas, un peso que se posó con un salto sobre ellas y me desperté. Giré la cabeza y ahí estaba: una mancha negra y blanca con orejas. Era un gato. Y yo odio a los gatos. Como si tuviera un resorte en mi parte trasera pegué un salto tremendo y me alejé de la cama con asco, con miedo, con pavor. Empecé a gritar como una niña de seis años: “Mamá, mamá. ¡MAMAAAAAAÁ!”. Salí de mi cuarto y el gato me siguió. “¡Mamáaaa hay un gatooooo! ¡Mamáaaaa!”. Mi cuarto está en un segundo piso con rejas en las ventanas y sin balcón, así que no me explicaba cómo había llegado a estar arriba mío. ¿Todavía estaba soñando? No, el gato era real, bastante borroso (recuerden que yo no tenía mis lentes puestos), pero real.

 

“¡Máaaa, máaaaa!” y desde el piso de abajo contestó mi abuela con un qué pasa. “Hay un gato” le dije con voz desesperada y tratando de no vomitar mi corazón. “¿En dónde?”. “Acá, adentro”, y ahí empezó a gritarle ella a mi madre que estaba en el jardín. Mi madre tiene tanto rechazo a los gatos como yo. Ambas adjudicamos esa antipatía a la enfermedad que tengo en la vista y que ella se agarró estando embarazada. Conocida como la “enfermedad de los gatos”, la toxoplasmosis me hace entrar en el grupo de personas de la categoría “baja visión”, por lo que, defensores extremistas de los animales, creo tener una buena explicación para no querer tener un gato cerca. Volviendo al relato tragicómico: mi madre subió corriendo con una escoba y también empezó a gritar para hacerle justicia a los genes de la familia. Si hubiera visto la situación desde afuera me hubiera reído. Yo estaba parada en la escalera, mi madre con la escoba gritándole al bicho “Fuera, fuera” como si hubiera una puerta o una ventana cerca y el pobre gatito (porque era un gatito que otros hubieran tildado de tierno) nos miraba con cara de “no entiendo a este par de locas”. A falta de entendimiento del idioma humano, el gatito se metió en el cuarto de mi abuela y no conforme con ello se refugió abajo del ropero. Mi madre, en un acto de pseudovalentía, se metió en el cuarto y trataba de espantarlo con la escoba, a lo que el animal respondía mostrándole la panza y pidiéndole mimos. ¿Yo? Yo estaba sosteniendo la puerta del cuarto para que no se escaparan ni mi madre ni el gato. Para rematar la demencia apareció mi hermano que no podía entender nuestro miedo. Así que terminó entrando él en el cuarto (yo volví a entrecerrarles la puerta) y logró agarrarlo y depositarlo en el balcón. El pobre gato confundido saltó al balcón del vecino y allí quedó, pero por un rato. Obviamente cerramos todas las ventanas. El gato volvió al balcón de mi abuela. Suerte que otras almas caritativas sin miedo a los gatos existen en este mundo y cerca de casa. Al rato del episodio cayó a saludar Betty, amiga de mamá de toda la vida y fanática de los animales. Escoltada por mi madre y con mi abuela ya pronta con la puerta de la calle abierta, Betty se animó a entrar al balcón, acurrucó en su regazo al gatito (o gatita, no me tomé la molestia en ver qué era) y se lo llevó para ver si le encontraba un hogar.

La taquicardia demoró en irse de mi cuerpo y por más que mi razón sabía que no tenía sentido tenerle tanto pavor a una criatura tan indefensa, juguetona e inofensiva como un gatito, no pude evitar poner para lavar la ropa que llevaba puesta cuando saltó sobre mis piernas y enjuagarme la cara y las manos con mucho jabón como una persona con TOC. Las marcas se convierten en miedos y los miedos hay que entenderlos (y tratarlos), no juzgarlos a la ligera.

A.S.O.

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