RELATOS

“No estoy para nada serio”

“No estoy para nada serio. No quiero compromisos”, dije y algo  explotó.

Hacía años que venía con esa frase atragantada, y creo que simplemente por capricho la quería decir, me hacía sentir más libre. Esto de ser o no ser libre últimamente me viene trancando los ovarios. Pienso tanto en la libertad, que me está volviendo un poco loca.

Resulta que me separé a comienzos de este año, y la separación al arranque me pegó mal. Andaba deprimida, me levantaba llorando, al mediodía no me pasaba ni medio bocado (lo bueno es que finalmente bajé todos esos kilos que había aumentado gracias a la catarata de delivery que metí el año pasado) y por la tarde pensaba varias formas para dejar de sentir dolor (se me ocurrieron cosas increíbles, es dejar volar la imaginación y la que te dije se desata como loca). Con mi ex la cuestión hacía tiempo que no funcionaba pero parecía no importarme, me empeñaba en patalear para sacudirme de una vez. Aunque esa sacudida me diera una gran pereza porque había que “arrancar de nuevo” (esa parte la dejo para otro post).

Me fui de viaje, empecé un nuevo trabajo, me mudé (el delirio de la mudanza es otro tremendo capítulo que en algún momento voy a compartir) y entre salida y salida; días y noches; cambios y más cambios apareció un pibito.

Un día me llegó un mensaje jugado que decía básicamente y de la nada que hacía tiempo que me conocía, que se enteró que estaba soltera y que si quería tomar una cerveza. Yo venía macerando y afianzando la idea de que los hombres eran cagones y para llevarme la contra cayó ese mensaje. Una chance había que dar. La cosa podía ponerse divertida. Así que le di para adelante.

Mensaje va, mensaje viene, venía bien. Encuentros, salidas, comidas y me pareció mucho. Entonces dije la frase: “Mirá que yo no estoy para nada serio. Sin compromisos. Acabo de salir de una relación”. Y entreveré la cosa.

Me hubiera encantado tener más tacto, pero ahora le digo (por si está leyendo) que no tengo mucha experiencia en esto de la soltería y que no saco mucho mi yo en esos lugares. Que sé que a él un poco le pinta amor y a mí de a ratos también.

Ahora pienso en que quizá la próxima sea mejor no decir tanto, dejar de hablar. Dejar de querer manejar todos los hilos de “cómo debería ser” o “qué debería sentir”. Dejar fluir porque ya sé que cuando fluye, lo que sea que suceda, funciona.

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