RELATOS

Parada

01.-Mano-Moneda

Pedía un peso como si con eso fuera a solucionar su vida.

Yo la miré de reojo, la ciudad ni siquiera se molestaba en eso. El ómnibus vino lleno para no variar. Luego vino otro y otro distinto, pero la mujer no pedía para subirse a uno. Yo me quedé viendo qué hacían ella y el resto. Nadie le dio nada. Un mozo del bar de la ventana en donde estaba apoyada, luego de media hora de oírla pedir se acercó y le ofreció unos bordes de pizza que un cliente había despreciado. La mujer los rechazó, ella quería un peso. El mozo contrariado frunció el ceño y volvió a su tarea habitual.

A todo esto mi ómnibus ya había pasado tres veces. En la parada estábamos ella, dos niños recién salidos de la escuela y yo. Por supuesto también les pidió un peso a los niños, pero ni se voltearon para decirle que no. Yo la miraba, ya no de reojo, sino de frente, fascinada.

¿Qué pasaría por esa cabeza? Tal vez tenía casa, hijos, un perro de consuelo o tal vez no tenía nada, solo la ilusión del peso conseguido como premio a la perseverancia.

Un señor de traje de unos 40 años se unió a nuestro grupo de pacientes transeúntes deseosos por retornar al hogar. La mujer volvió a repetir su agudo y casi lloriqueado pedido con el señor, el cual para mi sorpresa, revolvió en los bolsillos y le dio una moneda de cinco, aclarando que era todo lo que tenía. La mujer lo miró como a un dios. Su sonrisa desdentada abarcó dos tercios de su cara regordeta. Con un movimiento sorprendentemente ágil para alguien de su tamaño, la mujer se bajó del murito a donde daba la ventana del bar y entró gritando – Necesito cambio. Quiero cinco monedas de un peso.

El señor generoso no se percató del hecho por verse enfrascado en una interesante llamada telefónica sobre una lista de compras.

Mi ómnibus vino por sexta vez, el cual fue parado por los niños. El cansancio mató a mi curiosidad y me subí detrás de las mochilas sin entender el misterio del peso.

Seguí pensando el sin sentido e incoherencia de aquello hasta que subió un joven al ómnibus pidiendo unos pesos a cambio de una canción desafinada y una voz cansada. Y ahí me di cuenta, el sinsentido no está en los pedidos de ellos, está en la imposibilidad de poder mantenerse a uno mismo sin la ayuda de otros.

A.S.O.

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