MUNDORELATOS

Porque quiero seguir viajando

Cuando me planté la posibilidad de hacer este viaje pensé que iba a ser difícil, casi imposible. Hace años que quería hacerlo pero por mil y un peros siempre lo pospuse. Pensé en eso durante casi todo el 2016 hasta que un día, después de una charla inspiradora con mi vieja dije: listo, me voy.

Lo más importante eran mis gatos (tengo dos: Lisbeth y Gepetto), cuando encontré un lugar para ellos, en el que sabía iban a estar bien (gracias “Juguete” querido) activé el resto, que por suerte no era mucho. Rescindí el contrato de alquiler del apartamento y guardé mis muebles en el depósito de la GRAN Martu (esta amiga se merece todas las mayúsculas del mundo). Paso siguiente renuncié a mi trabajo como productora en un canal de televisión. Me senté enfrente de mi jefe (con el que había trabajado por 4 años) y le dije: “me voy a viajar”, (creo que toda mi vida había soñado con decirle a un jefe esa frase). Me acuerdo de la emoción conjunta de la gente que me quiere. La negra se va a viajar. Finalmente. La negra se va a viajar…, pensé.

Una vez alguien me dijo que yo siempre quería escapar, que cuando algo me incomodaba, huía. Antes de irme pensé varias veces en si no estaba escapando de algo o incluso de mí y de mis cientos de miedos e inseguridades. Después de dos meses viajando, y aunque suene cliché, me di cuenta de que lo que necesitaba era encontrarme. No me era tan fácil, al menos no para mí, encontrarme trabajando 9 horas por día con un tremendo nivel de estrés y resolviendo problemas ajenos. No me era tan fácil encontrarme cuando trabajaba para pagar cuentas y seguir metida en la rosca del consumo. En definitiva, la vida que tenía no me permitía encontrarme, soltarme del todo. Había algo ahí que me estaba molestando.

A casi unos días de que se cumplieran estos dos meses viajando tuve que volver a elegir, algo así como confirmar mi decisión. Me ofrecieron un trabajo muy bueno en Uruguay para comenzar en unas semanas  y muerta de miedo por haber perdido una gran oportunidad, dije que no, que necesitaba seguir viajando.

Y cuando estaba enviando ese mail, por primera vez en 29 años me di cuenta de que realmente quiero que mi vida y mis sueños quepan en una mochila, realmente quiero ser nómade. Me di cuenta de que amo con locura entrevistar y escribir pero que para hacerlo mejor necesito más tiempo, más del que tenía en Montevideo. Me di cuenta de que quiero decir buenos días en otro idioma, dormir hecha un bollito en un sillón o en el piso de un aeropuerto, llorar como una niña cuando veo un agua turquesa o una luna roja saliendo del mar, tomar mate dulce a las 4 am, ver a cientos de tortugas nacer, seguir con mi adicción de encontrar y fotografiar muros, comer sopa de feijão  preparada por un amigo de madrugada, conocer viajeros con las mismas ganas o más que yo de tener esta vida y escuchar sus mambos o morir de risa en un carnaval borracha y llena de brillantina. Me di cuenta de que no me importa si mañana, para hacer unos mangos (a los curiosos les cuento que lamentablemente  el periodismo aún no da para cubrir los gastos del viaje) voy a estar limpiando mesas, ayudando en un hogar de ancianos o a un hotel ecológico a diseñar una campaña de crowfunding  (este empleo me lo ofrecieron).

Cada vez quiero tener menos cosas (le acabo de dejar a Marian una amiga que vive en Brasil varias prendas que estaban contribuyendo con mi dolor de espalda y además por suerte en cada lugar que estoy me olvido de algo). Creo que aprendí que quiero viajar liviana, en todo lo que esa expresión pueda significar. Viajar es la forma que hoy encontré para vivir plenamente, sin estar de a ratos incómoda; sin quejarme por las mañanas y sin sentir un nudo en la garganta algunas noches. Quizá mañana la búsqueda vaya por otro lado pero hoy, con pocas, muy pocas certezas, me siento inmensamente feliz solo por haberme animado a seguir viajando.

En las piscinas naturales de Porto de Galinhas 🙂
La barra de la trilha de Lagoinha do Leste (Florianópolis).

 

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