MUNDO

Regalos del mar en Trujillo

Al norte de Perú, un balneario se destaca por sus aguas ricas en peces y olas, y la aventura diaria de llegar al mar esquivando rocas asesinas. Huanchaco, la extensa playa donde algunos turistas toman pisco y los niños corren tras la pelota, enciende los faroles del muelle y las parejitas se van a ver la luna, hipnotizada ya sobre el lomo del océano. Momento ideal para surfear por el cambio del oleaje, también pone fin a los paseos en barcos de totora, y los remeros apuran el tranco para zafar del rompimiento y las piedras de tamaño colosal que ruedan hasta la orilla como en una pista de bowling.

Con muecas de disimulo, esos pescadores artesanales devenidos en guías, resisten los furiosos cascotes con el fin de sacar la nave a tomar los últimos rayos del sol, indispensables para el secado. Uno podría asegurar que ese tramo vale todo el precio que cobran por la recorrida. En la orilla, bañistas avezados esperan el arrugue del agua y se meten a prepo, cosa que si la roca les da, sea en medio de su tibia transparencia y el golpe al fin valga la pena.

Así, el rincón predilecto de Trujillo es todo un teatro diario y un resumen de la costa peruana, tejida de Norte a Sur por pequeñas historias donde la fenomenal naturaleza conserva su esencia salvaje.

Cae la tarde ya y los surfers alzan los brazos. No ha llegado ni una ola con tubo aún, pero están adentro, ilesos. No es poco.

Por: Pablo Donadio

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