RELATOS

Te vi

Y ahí te vi. Estabas parado al lado de la puerta de mi casa. Estabas frente al quiosco que conozco desde que tengo uso de razón, leyendo las tapas de revistas de chimentos, moda y banalidades. ¡Justo vos! No pude evitar sorprenderme, con cierto dejo de bronca, pero no contigo, sino con la vida, de que justo vos estuvieras leyendo eso. Quise pensar que le estabas haciendo un chiste, que con una inteligencia superior y un humor sarcástico le hablabas a la vida, y la puteabas con nivel.

Te imaginé leyendo con tono de burla los titulares estúpidos que reflejan y hacen apología a la  frivolidad de nuestra sociedad. Esa en la que vivís vos y vivo yo. Te imaginé riendo irónicamente, sin poder creer, a pesar de verlo todos los días, que se fomente el alejamiento intensivo de lo que realmente importa, que se promueva salir de nosotros y vivir en la superficie, sin zambullirnos y que el agua nos empape. Porque cuando te sumergís sentís esa presión en el pecho que aumenta cada vez que bajás más profundo y la oscuridad se va haciendo más impenetrable, y para qué pasar ese “mal” momento, ¿no?

Te imaginé indignado con el individualismo radical que gobierna nuestro lugar, con que hayan sacado de nuestro lenguaje la palabra “dar” o que esté solo cuando queremos engañarnos a nosotros mismos con que somos buenos. Con la apología al yo constante, el narcisismo de los nuevos inventos y la pérdida progresiva pero inminente del contacto real. De entender al otro en lo implícito, mirando sus ojos y su expresividad corporal, y no porque sus palabras escritas me lo digan. Y pensé, ¿qué se sentirá estar por fuera de eso? ¿Cómo hacés vos para vivir sin eso?

Venía de bajarme del bondi, por ende todavía con el chip de la indiferencia y automatismo, pero cuando te vi aminoré la marcha. No dejé de mirarte un segundo. Y vos clavado en el suelo, sin dejar de mirar las revistas. Creí que ibas a sentir mi punzante mirada y te ibas a dar vuelta a mirarme, pero no. Entré a mi casa pensando en vos y por un par de minutos me olvidé de mi vida.  Me sentí totalmente abstraída, como si fuera una mosca que observaba tu existencia y revoloteaba alrededor de esa foto que capturó, en algo tan simple, las contradicciones de la vida. Y me enojé mucho. Subí el ascensor casi llorando, aunque no distinguía cuál era el sentimiento exacto.

No podía dejar de pensar en vos, así que a los pocos minutos bajé con la esperanza de volver a verte, tomar coraje y hablarte, y que me contaras tus historias, conocer tu forma de ver la vida. Pero te vi irte, cruzaste la calle sin dejar de mirar al frente, no te importó que los autos estuvieran pasando y tuvieran que frenar de golpe para que pasaras. No escuchaste sus insultos y bocinas, sino que seguiste caminando. Balbuceabas algo que no logré entender, supongo que le hablabas a algo más allá. Tenías el uniforme andrajoso de todos los días y las manos vacías, pero seguro tenés la vida llena de esas cosas que pocos tienen y que a mí me encantaría tener. Me quedé con tantas ganas de escucharte… Ni te hablé y ya me enseñaste. Ojalá nos volvamos a cruzar.

Katya Nantez

 

Unite a la discusión

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *