CULTURA

Tener el swing

Casi como un juego Carmen Pi dibuja sus letras y melodías. Estudió pintura, piano, aprendió de forma autodidacta a tocar la guitarra pero jamás pensó en ser cantante. Formó parte, durante 18 años, del prestigioso coro De Profundis, fue tecladista de Popo Romano, hizo coros en una banda de salsa, es integrante del cuarteto vocal La Otra y docente de canto (entre muchas, muchas otras cosas). El año pasado lanzó su segundo disco, Jardín Carmín, un disco muy personal en el que compuso desde la cotidianeidad.

El Kfe bullía con su melodía de domingo. Carmen atravesó la puerta y su andar libre invadió el lugar. Nos acomodamos en una de las mesitas cerca de la entrada y así dimos comienzo a la última entrevista de “Setiembre con música”. Como entrada pedimos focaccias acompañadas con dips de babangush, humus y alioli, y como plato principal tacos vegetarianos y de pollo. Encendí el grabador pero tras algunos minutos me olvidé de él y del papel que tenía con algunas preguntas. Casi sin darme cuenta la entrevista se convirtió en charla y me dejé llevar.

Nació en Lima (Perú), al poco tiempo se mudó a Quito (Ecuador) y allí vivió hasta los 10 años. Vivía con su hermano y con sus padres, quienes dejaron Uruguay a raíz de la Dictadura. El papá de Carmen era antropólogo y aunque nunca participó en política, por su profesión y entorno tuvo que exiliarse. A pesar de que su mamá era directora de coros, la música en su casa la ponía su papá. “Se escuchaba mucho tango, tuvo incluso un programa en la radio que se llamaba: Tango solamente Tangos”, me dice e inmediatamente imposta la voz e imita a su padre, con total naturalidad y frescura. “Me acuerdo que se había puesto como alter ego el nombre de un tango: ‘Don Prudencio Navarro’. Y ahora en mi último disco (Jardín Carmín) hice la canción ‘A Don Prudencio Navarro’, en homenaje a él. También ponía música clásica, sobre todo del período Barroco, mucho canto popular de la época: Los Olimareños, Zitarrosa e incluso música hindú, japonesa y brasilera. Era re obsesivo y extrapolaba su formación de antropólogo a la música. Hacía fichas exactas con cada casete. En el año 76…”. Pará, pará, le digo. ¿Cuántos años tenés? “Voy a cumplir 40”, responde con ojos de niña mientras ríe (es consciente de que parece mucho menor).

Cerca de los 10 años empezó a escuchar su propia música porque en su casa le habían prestado una pequeña radio. “Me colgaba con Madonna, Stevie Wonder… También pasábamos mucho tiempo con empleadas, porque mamá trabajaba mucho, y ellas escuchaban cumbia colombiana y melódico internacional: El Puma, Julio Iglesias… Esas canciones me las conozco todas”, cuenta entre carcajadas.

En el año 1986 su familia regresó a Uruguay y ahí conoció a uno de sus grandes amores: el piano de su abuela. Pidió para estudiar este instrumento y con las clases brotó la inquietud musical. Recuerda que una de las primeras canciones que sacó fue “El Golpe” y la tararea. “Estaba re entusiasmada porque iba a empezar a estudiar piano. Al principio no tenía uno en casa y estudiaba en un cartoncito que me había mandado a hacer la profesora para practicar. Era re frustrante…”. ¿Y ahí cantabas? “No, el canto fue muy muy posterior. Primero apareció el piano, como motor, y a través de él fui descubriendo la pasión que me generaba estar en contacto con la música”.


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Buscarla

“A los 15 años arranqué con la guitarra porque se hacían guitarreadas, y el piano no podía transportarlo, además creía que tenía poca onda. En realidad ahora me doy cuenta de que tiene toda la onda pero en aquel momento pensaba que era una ‘palomeada’. Y ahí, sola, fui sacando canciones, me entusiasmaba mucho”.

Con 16 años Carmen ya podía definirse como melómana, escuchaba mucho rock argentino y nacional pero también música en inglés. “Los Estómagos, Los Tontos, U2, Sumo… Me volaban la cabeza. Me acuerdo de esperar en la radio con el casete puesto y soltarlo cuando aparecía la canción. Un momento muy adrenalínico”.

“No existía el cd y con mis amigos nos grabábamos las canciones unos a otros. Éramos una generación de muy poca plata, íbamos con una guitarra al parque a tocar, esa era nuestra diversión. Era posdictadura, todo estaba bastante oscuro. Tenía miedo de los milicos, soñaba con ellos aunque no había vivido en ese momento en Uruguay.  Soy hija de esa época y eso me marcó en muchos sentidos”.

En ese momento ya se había dado cuenta de que no quería ser exclusivamente pianista. “Tenía muy buen oído pero era medio vagoneta. Al principio la pude pilotear pero después fue muy difícil. Sin estudio no me daba para sacar muchas partituras clásicas. Me arrimé a la Escuela Universitaria de Música pero la prueba de piano era re exigente y me presenté a canto porque para mí era lo más fácil. Y entré. Cantar era algo natural pero complementario. Jamás pensé: ‘Quiero ser cantante’”.

Le fascinaba sacar canciones en el piano y lo hacía de oído. “Me colgaba buscando el tono de algunos temas en mi cabeza. Esa era mi pérdida de tiempo. Con los años me di cuenta de que ese ‘perder el tiempo’ me dio muchísimo. No estudiaba lo que tenía que estudiar, me divagaba”. ¿En general sos así? “Sí”, me dice como resignada. “Tengo poca constancia. Aunque con la música es diferente porque es mi pasión”.

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Dejarla salir

Con 16 años entró en el coro De Profundis, dirigido por Cristina García Banegas, sitio que la marcó. “Fue lo que más me duró en mi vida, estuve en el coro durante 18 años. Me gustaba la música popular pero lo clásico no me resultaba ajeno o un embole. Cuando me aceptaron me sentí elegida, fue un honor. La música coral, vocal, sacra, te transporta, te eleva. Haber tenido la oportunidad de hacer Bach, que es un compositor que amo y admiro, con esa directora y con ese coro fue una experiencia increíble. Me acuerdo de que salía del IAVA y me iba para ahí: martes, jueves y sábados. Siempre copada. Viajé un montón, crecí, conocí mucha música y me hice grandes amigos”. Carmen confiesa que jamás estudiaba en su casa y que no sabe cómo salvó los exámenes. “Jamás canté en casa, me moría de vergüenza, esa es la verdad”. ¿Y dónde cantabas? “No cantaba, lo hacía directamente en la clase”.

La otra gran incursión musical llegó de la mano de Tabaré Cardozo. Ambos iban al liceo 30 y había una presentación para cantar y la invitó a hacer los coros. “Era la primera vez que alguien me invitaba a algo y le dije que sí. Después me convidó para hacer los coros de su banda y ahí me puse re nerviosa”.  ¿Sos de animarte? “Ahora sí, en esa época no”. Bueno pero lo hiciste, le digo, y tras asentir con la cabeza dice: “Sí, tenés razón. Era un poco tímida pero siempre me sentí honrada de que alguien me invitara a tocar, ¿cómo voy a decir que no?”, reflexiona.

“Y en esa banda estaban los siguientes músicos”, se aclara la garganta e imposta la voz.  “Nicolás Ibarburu en guitarra, Martín Ibarburu en batería, el “Pomo” Vera en bajo, Daniel Carini en tumbadoras y Gustavo Montemurro en teclados. Tenían 17 años pero no te puedo decir lo que tocaban. La primera vez que fui al ensayo se me cayó la mandíbula. Me imaginaba algo más amateur, una banda más de garaje, pero llegué y esos tipos tocaban recontra bien. Eran increíbles”. En ese momento Carmen hacía los coros de la banda pero no se sentía demasiado conforme con su desempeño. “Mi emisión vocal estaba muy aclasicada, me faltaba dominio del instrumento vocal. Me acuerdo que un día escuché la grabación de uno de los primeros toques que hice con ellos y me puse a llorar. Tal fue la desilusión que le dije a mi mamá que no iba a dedicarme más a la música. Desafiné muchísimo y aunque hoy me doy cuenta de que incidieron muchos factores, en ese momento fue un golpe muy duro”.

Regalarla al mundo

Siguió tocando, cantando y conoció a través de Tabaré a Diego Carbonell y formaron entre los tres una banda. Luego de un tiempo el trío se desarmó y la banda la continuaron Carmen y Diego. “Él marcó mucho mis gustos musicales. Me mostró el jazz, el blues… Siempre tuvo muy buen oído, me guío de una manera increíble y le pegó en el clavo”.

“Me enfrentaba a situaciones muy complejas, todo el tiempo estaba probándome. Con 21 años di mi primer examen de dirección coral en el Teatro Solís con la orquesta Filarmónica, imagínate… Me estaba buscando y finalmente me di cuenta de que lo que necesitaba era que la música pasara por mi instrumento y el instrumento era mi voz”.

En el año 2009 el programa de radio Justicia Infinita hizo un homenaje a Buitres en el que invitó a algunos músicos a versionar sus temas. “A mí siempre me encantaron, me sabía todas las canciones. Le escribí a Salva (Salvador Banchero) y le dije si todavía había tiempo para presentar un tema. Y grabé con el piano ‘Afuera la lluvia’. Cuando empecé a escuchar las otras versiones casi me muero. Dudé otra vez de mí, como cuando tenía 15 años (risas). Pero a la gente le gustó. En ese momento estaba grabando mi primer disco, Puntos Cardinales, y pude editarlo gracias a esa experiencia. Me di a conocer para mucha gente y se me abrieron montones de puertas”.

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 “Antes no me parecía valioso lo que componía, lo hacía más bien como algo catártico. Me parecía que todo se parecía a todo. Lo que hacía no era componer porque para mí componer fue lo que hizo Bach…”.  ¡Pero sos muy exigente!, interrumpo. “Ahora soy menos pero me costó mucho porque crecí con esa perfección del clásico. Hoy me importa menos la mirada del otro, me siento más segura de mí misma. Sé hacia dónde voy, qué es lo que estoy haciendo y dónde estoy parada”

“Cuando toco me gusta estar sola. Es mi momento, me da vergüenza que me escuchen. Si tengo que vocalizar lo hago en el auto, en mi casa no vocalizo, no me gusta atomizar”.

Crecer con ella

“Suelo emocionarme, lloro mucho. Cuando hablo de algo, con una música o con una película hasta con una de dibujitos. Me pasa de llorar de alegría, de dolor y también de rabia. Soy bastante pasional”. Y en esto de la emoción, me cuenta de su hija Nina, de 4 años. “El otro día estábamos en casa y en un momento la escucho tocar sola en el piano ‘Frère Jacques’ y me emocioné muchísimo. Veo esa misma felicidad que tenía yo cuando era chica. Nina está llena de alegría, es un cascabel y además de ser mi hija y de amarla, me emociona mucho que sea la hija de Nacho (Imbellone). Él fue mi primer amor, cuando tenía 16 años y nos reencontramos 20 años después. Nacho marcó mi capacidad de amar…”.

Define a Jardín Carmín como un disco muy personal en el que compuso melodías desde la cotidianeidad. “Cuando empecé a buscar el nombre del disco, notaba que las canciones eran muy distintas entre sí. Me vino a la mente eso de que las composiciones germinan, que van creciendo y que después que la creás, la canción deja de ser tuya. Y pensé en la palabra jardín. Tenía el concepto pero no el nombre. Un día le comenté esta idea a mi amiga Lea Ben Sassón, y a los pocos segundos me miró y me dijo: Jardín Carmín, y sí, tal cual, ese era el nombre. El rojo es mi color favorito, mi abuela me decía Carmín y además Carmen en latín significa canto o poema. Es un disco muy personal y el nombre me pareció perfecto”.

Para armarlo recopiló materiales que ya tenía grabados y se juntó con su amigo Dany López, quien fue el productor. “Además de ser un gran músico, me conoce mucho y cree en mí, mucho más que yo misma. De hecho fue él quien me incitó a componer. ‘¿Por qué no probás?’, me dijo. Poco a poco fueron apareciendo composiciones que me animé a mostrar. Hay canciones que te bajan, que son como un chispazo y aunque suelo revisarlas y pulirlas mucho, intento conservar esa frescura de la espontaneidad”.

“En este disco fui mucho con la guitarra porque el piano, que es el maestro, me lleva a lugares que ya conozco y domino. La guitarra, como no la estudié, me permite salir del lugar de confort. Otra cosa que me permití, hablando un poco de sacarse la escolaridad, fue hacer y que me gusten las canciones con dos acordes. Antes no lo hacía porque no quería quedar como la minita que canta, quería ser respetada como música. Hoy siento que encontré mi voz, que me encontré y ese encuentro me permitió hacer canciones cotidianas y auténticas. Por ejemplo la canción que escribí para mi hija tiene dos acordes y dice buen día mi amor. Y esa era mi verdad”.

Preguntas de Sapito

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A ritmo de funk (en el Kfé la noche iba tomando forma) desplegamos por última vez nuestro querido Sapito. Luego de obviamente elegir el color rojo, Carmen optó por el número 3.

Un toc que quieras compartir…

Sí, tengo, pero pará que me acuerde… Acomodar las cosas sobre la mesa por ejemplo es uno, pero estoy segura de que tengo más. La que había adquirido muchos TOC era Nina, parcia Sheldon (The Big Bang Theory). Tenía 2 años y poco y se volvía loca porque las cosas no tenían tapa o acomodaba las alfombras de todos los apartamentos. Ahora que nos mudamos y tenemos una casita por suerte se le fueron.

Y le hicimos una más. Tras elegir el color negro y el número 7, tocó la siguiente pregunta.

¿Un papelón que hayas hecho sobre el escenario?

He tenido varios (risas). No es un papelón pero… El otro día arranqué a tocar sola en el escenario la canción que le dedico a mi papá (“A Don Prudencio Navarro”). El primer acorde mal, el segundo mal, el tercero mal. Paré y dije: “No puedo empezar así. Mi papá se merece algo mejor”, y arranqué de nuevo.

Me pasó otro en un casamiento. La muchacha me había contratado para que cante el Ave María y algunas otras canciones. Estaba tocando el piano y cantando, en eso viene una cosa negra, volando erráticamente, y me roza…  Inmediatamente pegué un gritito: Ave Maríaaaaaaahhhhh. Para mí fue un papelón, le fui a pedir disculpas a la novia pero nadie se había dado cuenta. Tengo otras anécdotas, todas en casamientos, por suerte en el mío (se casa dentro de un mes) no voy a cantar (risas).

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