MUNDO

Travesía por el Amazonas

Lo que van a leer a continuación no es solo un post con piques de qué hacer y qué no para vivir una travesía por el río Amazonas. Es un diario de viaje de 6 días navegando 1.600 km por las venas del santuario ecológico más importante del planeta y está cargado de una infinidad de sensaciones y emociones.

Previa – Llegada a Manaos (capital del estado de Amazonas, Brasil).

Llegamos a las 11 de la noche. Antes de salir del aeropuerto y sin que nos diésemos del todo cuenta había un hombre hablándonos en un buen español. Primero ofreciéndonos taxi, luego tours y cuando le dijimos que queríamos cruzar el río Amazonas hasta Leticia sacó un bibliorato y empezó a señalar paquetes turísticos para hacer la travesía. Hablaba prácticamente solo. Intentaba interrumpirlo para hacer preguntas concretas pero sin demasiado éxito. Precios, opciones de barco, que de hierro o de madera; que camarote o hamaca. La duración del viaje era inicialmente de 7 días y 6 noches.

¿Cuánto cuesta?, dije rápido (había leído que es mejor ir directamente al puerto y ahí comprar el billete pero quería saber a cuánto me lo cobraba para comparar precios). Nos dijo que la hamaca 450 reales (aprox. 4.000 pesos) cada una (ya viene la hamaca incluida en el precio y es enorme aseguró) y el camarote 1.300 reales (aprox. 11.800). En ambos casos el precio incluía las tres comidas y el agua de esos días. A los diez minutos la hamaca nos la cobraba 300 reales cada una (regateen que hacen precio).

Nos explicó que las mochilas grandes íbamos a tener que despacharlas durante la travesía. ¿Por qué?, le dije de nuevo rapidito. Y ahí nos contó que llevar todo el equipaje es peligroso, que a él una vez lo habían drogado y le robaron todo lo que tenía. En varias páginas habíamos leído la posibilidad de que te metieran droga en la mochila si estabas desatento ya que era una zona de tráfico, principalmente de cocaína. Lo que el tipo nos decía, de todas formas, me pareció exagerado.

En un momento comenzó a discar por teléfono. “Sí, capitán”. “Estoy hablando con el capitán”, nos explicó en un tono estúpidamente cómplice. “Estoy acá con unas turistas, ¿cuándo es que sale el barco?”, le preguntó. Parecía que el barco salía el sábado (era jueves) pero no lo dejó del todo claro y eso de que hablara con el capitán a las 12 de la noche fue el detonante para que le agradeciéramos y confirmáramos la necesidad de ir al puerto al otro día.

DÍA 1.

Nada resultó tan dramático como nos habíamos imaginado (si bien ayuda mucho leer blogs algunas veces pueden alimentar cierta paranoia). Llegamos al puerto, entramos y un hombre acreditado nos mostró dos barcos: uno salía en un par de horas y el otro al día siguiente. Ambos tenían espacio para hamacas y camarotes disponibles, y los precios eran similares a los manejados por el del “señor del aeropuerto”. Nosotras elegimos el “Diamante” que salía el sábado, pero hay unos cuantos barcos y son todos bastante parecidos. Si hubiese estado sola probablemente hubiese optado por la hamaca pero viajaba con mi vieja y teníamos dos mochilas cada una y nadie más que uno cuida de ellas, así que reservamos el camarote. Por el mismo precio colocamos una hamaca en el segundo piso del barco.

Nuestro objetivo era llegar a Leticia (Colombia) y para eso debíamos bajarnos en la penúltima parada del barco, en la ciudad de Tabatinga (Brasil) y de ahí tomar un taxi o caminar hasta cruzar la frontera.

El barco desde adentro
Nos vamossss

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El ancla se levanta, escucho la bocina, sé que voy a zarpar. Pienso en lo implícitas que están ahí las despedidas. En la melancolía que exuda ese paisaje urbano. Las gaviotas que acarician el río, las construcciones antiguas y las calles empedradas que evidencian el paso del tiempo, los vendedores ambulantes en la entrada del puerto, los barcos y el río. En ese momento sé que yo también me estoy despidiendo de algo. Me lleno de suspiros, de recuerdos, de sueños. Y suelto.

Puerto de Manaos

Es difícil poner en palabras la belleza y la inmensidad del río y de sus parajes. Vamos costeando islitas (lo hace para ir más rápido) que albergan pequeñas casas de madera, en las que viven personas que saludan al barco cuando lo ven pasar. Saludan todas, más de una vez. De lejos creo ver su sonrisa.

El Amazonas se vuelve ancho y estrecho, y se puede percibir como lo vamos serpenteando. La confluencia entre las aguas oscuras del río Negro y más claras del río Solimoes regalan un cuadro excepcional llamado “Encuentro de las Aguas”. En este momento me gustaría saber pintar.

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En la cubierta hay música a un volumen increíblemente alto y una tele prendida que pierde por momentos la señal (y nosotras que queríamos huir de la tecnología). En los dos pisos disponibles para poner hamacas reina cierto silencio.

Como es temporada baja, no somos muchos, contamos (sí, hay mucho tiempo libre) 125 personas (la capacidad máxima es de 620). Este dato lo agradeceremos una y otra vez a lo largo del viaje. Mario y Caro, una pareja de argentinos que viajó con nosotras, nos explicó que en el barco que hacía el tramo de Belém a Santarém (ambas ciudades brasileñas) no cabía un alfiler de tantas hamacas (imaginen lo que eran, por ejemplo, esos baños compartidos).

Así se dormía

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Sirvieron la cena de 17 a 18, era un ensopado con carne. Aparté la carne y me serví el resto. En el comedor había un cartel que advertía que tirar desperdicio significaba una multa de 5 reales. Si lo servís, lo comés. Excelente.

Cae la tarde, el sol se va poniendo radiante y tiñe el cielo de amarillo. Las casitas en la orilla encienden sus luces. Contemplamos durante horas el río. Siento los abrazos de la pachamama y el tiempo extrañamente se desdibuja. Me invaden sensaciones rarísimas que hasta ahora no había experimentado. La inmensidad está ahí, ante mis ojos.

DÍA 2.

Ya el segundo día el barco exudaba olor a humano. Nos despertamos a las 6:30, a la hora en la que servían el desayuno. Estábamos con hambre y nos comimos todo: pan, queso, huevos, frutas y café. Pienso en que puedo acostumbrarme a esa rutina.

El ronroneo del barco y el mecerse de la hamaca me da sueño. Por la ventana se cuelan las copas verdes de los árboles y franjas de cielo celeste con algunas nubes. Hay avispas y bichitos que aún no he identificado, los soplo para que se alejen mientras como fruta en la popa con Tomás, un chico de República Checa que está viajando hace tres años por América Latina. Son recién las 9:22 de la mañana.

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Todos están alrededor de la televisión. Todos son hombres. La mayoría la miran porque hay un partido de fútbol otros juegan cartas. Intento salir de esa escena y concentrarme en cómo el verde del paisaje es salpicado por casitas de maderas con inmensas antenas de televisión. En la orilla veo a un niño remontar una cometa y a un perro correr por un pasto verde fluorescente. Cuando miro por entre los troncos de los árboles puedo sentir la intensidad de la selva. Troncos que hacen formas extrañas, que tienen hojas como enredaderas, también troncos blancos, largos y con manchas. De repente una cortina de agua me nubla la visión. Y es ahí cuando me cae la ficha de que estoy en un barco, en la selva amazónica viendo caer gotas furiosas de agua y a unos niños jugar al fútbol. Es real.

DÍA 3.

Comienza a hacerse necesario el movimiento, por lo menos para algunos extranjeros. Están los que caminan por el barco, los que hacen flexiones o los que optan por los abdominales. Otros, en los que mi incluyo, tecleamos en una computadora mientras tomamos mate y contemplamos el paisaje.

Hoy tampoco vimos el amanecer, estaba nublado. Recién ahora, que son las 9:20 de la mañana están apareciendo los primeros rayos.

El márgen del río se pierde en el horizonte. Me quedo suspendida en la majestuosidad y por un rato apago la general. Estoy en una especie de limbo. Ahí quiero quedarme.

El sol entre las hamacas

DÍA 4.

Se sienten de a poco estos cuatro días navegando. Prácticamente comemos y nos sentamos a contemplar o leer. Los extranjeros solemos ir a la popa del barco a conversar un rato y tomar aire. Los locales (que hicieron este viaje más de una vez) comen y se tienden nuevamente en la hamaca a mirar algún tipo de dispositivo electrónico. Hay momentos en los que ya me quiero bajar, otros tengo ganas de seguir navegando por unas cuantas semanas. Hoy paramos en Fonte Boa, fue nuestra primera parada pero fue de madrugada así que seguí durmiendo.

Ahí estamos “los extranjeros”, siempre desayunando últimos

La música suena suave por primera vez en lo que va del viaje, es un buen momento para avanzar en algunas notas que tengo atrasadas. También parece ser tiempo de escuchar algún sonido por fuera del motor del barco y de la música furiosa que generalmente sale del parlante que hay frente a la cantina.

Palafitos y algunos pájaros. Por momentos se me confunden las horas del día. Quizá tenga que ver la cercanía entre la hora del desayuno y del almuerzo, no lo sé. Desde ayer siento que es de mañana cuando es de tarde y viceversa. Me estoy convenciendo de que esta forma de viajar es matar al tiempo.

Nos avisan que en un rato vamos a hacer la segunda parada: Jutaí. Según dijo el capitán vamos a parar un buen rato por lo que con los chicos pensamos bajar a conocer, comparar algunas frutas y claro, sacar fotos.

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Es un pasamanos de cajas que salen del barco y tocan tierra. Al viajar en un barco de carga, en la bodega hay de todo: de heladeras a cerámicas para revestir baños, cajas de cerveza, plantitas, motos y hasta un camión. En esa parada bajaron solo cajas pequeñas.

Parte de la carga

Caminamos por la calle principal del barrio. Pasan motos, se escucha música en inglés y casi todas las casitas de maderas coloreadas tienen antenas de televisión. Pienso en cuán lejos estaba ese lugar de la idea que tenía de un poblado en el medio del Amazonas.

Es tiempo de cometas. Varios niños las remontan y los más pequeños se conforman con intentar hacer volar hojas de papel de cuadernola que en los extremos tienen un trocito de nylon. Converso con Joan, un niño de 10 años que según me dijo aun no iba a la escuela. Saco algunas fotos, la mayoría de las personas posan y le sonríen a la cámara.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ramas como cuellos de jirafas, y algunas tan finitas que se pierden en el celeste del cielo. Otras parecen llorar y se escurren entre los troncos. Acai (esas palmeras largas que se ven en la foto) y lazos de amor es lo que identifico además de los gigantes nidos que cuelgan de un árbol del que desconozco su nombre.

Luego el río que perfora en esa selva densa y la cubre de agua. Sus venas se hacen por momentos visibles y el barco las recorre despacio. Juego a encontrar formas en el cielo. Vamos por más de la mitad del recorrido.

DÍA 5.

Hoy se me hizo más difícil despertarme, llegamos tarde al desayuno aunque a tiempo para comer los últimos panes con huevo. De madrugada hicimos la tercera parada en Tonantis y por la mañana pudimos bajar en San Antonio, un pueblo sensiblemente más grande que Jutaí. Por supuesto que había una iglesia pero además había un banco, un cementerio y una discoteca. Caminamos por poco más de media hora y compramos algo de fruta.

Una de las tantas vendedoras que había en el pueblo

En este puerto se descargó bastante mercadería aunque la gran parte va para Tabatinga. Me preguntaba por qué aún ningún policía había entrado a revisar el barco, había leído que en cada parada la policía federal lo inspecciona en búsqueda de drogas. Nos explicaron que esa dinámica se da desde Leticia a Manaos, ya que parece ser que es desde allí donde se carga la mayor parte de cocaína y marihuana para ser traficada.

El resto del día no hicimos demasiado, creo que incluso los extranjeros nos estamos acostumbrando a esto de comer y tumbarnos en la hamaca para leer o dormir. Advierto que los días están pasando y me abraza un sentimiento nostálgico, no quiero que el viaje termine.

Gesinne, una de las niñas que viajaba en el barco

Pueblo San Antonio, Amazonas

Familia que viajaba rumbo a Tabatinga
Mi gran MADRE
Caro y Mario
Abdel y Tomás

Día 6.

Nos enteramos de que el viaje termina hoy, aún no sabemos si por la noche o de madrugada. Es el último día. Intento retener aromas, sonidos, paisajes, momentos, personas. Sé que no todo va a poder permanecer en mi memoria consciente así como también sé que algo se va a guardar en esos cofres de la mente que suelen esconderse en lugares remotos y aparecen como pases mágicos a lo largo de la vida.

Inevitablemente comienzo a pensar en mañana. Hace mucho tiempo que quiero conocer Colombia aunque el entusiasmo hoy está un poco teñido por la despedida.  Son tantas las postales… Contemplo, contemplo y contemplo, quiero absorberlo todo, quiero llenarme de su magia, de esa magia que durante este viaje fue tan real.

PD: Si están pensando en hacerlo les digo que sí, que se animen. Es un viaje que saca aliento, lágrimas, picaduras de mosquitos y bichitos y mucha charla. También es una buena forma para conocer un poco más de cerca a los pobladores del Amazonas; tomar conciencia de su realidad y de la nuestra. Además de aprender a contemplar a un gigante repleto de mitos y leyendas. Y para que se sigan entusiasmando acá les dejo un poco de info. útil.

PIQUES.

MEJOR FECHA PARA VIAJAR. Una buena época para hacer este viaje es marzo/ abril. El río está crecido lo que supone que la travesía  será más rápida (el barco va más cerca de la orilla) y habrá menos mosquitos. Además es temporada baja por lo que hay menos gente. Las fechas que deberían evitarse al tratarse de un viaje tan largo son junio/julio: muchos mosquitos y mucha gente. Apunte: esto de las fechas es solo desde Manaos a Tabatinga. Cada tramo es diferente por lo que si van a hacer otra ruta les conviene informarse sobre este punto.

COMPRA DE PASAJE. Para comprar el pasaje es mejor acercarse al puerto, en la ventanilla el pasaje nos lo cobraban más caro de lo que lo conseguimos con una agencia (ojo, el joven que nos lo vendió estaba acreditado y dentro del puerto). Lo mejor es ir, preguntar y regatear un poco el precio, hacen rebajas.

COMIDA. En el pasaje están incluidas tres comidas diarias: desayuno (6:30 a 7:30hs.), almuerzo (de 10:30 a 12:00 hs.) y cena (17:00 a 18:00 hs.) pero conviene llevar algunos alimentos, principalmente frutas. En el barco hay una cantina con precios accesibles. El agua también está incluida, es potable y fría. Es importante que al escuchar el llamado a desayunar, almorzar o cenar se acerquen al comedor. Llegar últimos (como hicimos gran parte de los días la mayoría de los extranjeros) significa tener poco para comer.

MOSQUITOS. En la época en la que viajamos no hubo muchos mosquitos. De todas formas al amanecer y al atardecer conviene ponerse pantalón, camiseta de manga larga y aplicarse repelente. En esta parte del mundo existe la posibilidad de contraer principalmente dengue y malaria. No es lo frecuente pero se han dado casos así que mejor tomar precauciones.

PRECIOS DEL BARCO DIAMANTE (hay muchos barcos todos con precios similares)

Hamaca: 350 reales, incluye tres comidas diarias.

Camarote con baño y capacidad para dos personas: 1.200 reales, incluye tres comidas diarias.

Salidas: en la época en la que viajamos este barco salía los sábados y los martes. Hay salidas casi todos los días. En estos barcos viajan las personas que viven a orillas del río Amazonas y es por eso que el trayecto demora varios días. El barco para en 8 pueblos (Fonte Boa, Jutaí, Tonantis, Santo Antonio do Içá, Amaturá, São Paulo de Olivença, Tabatinga y Benjamin Constant).

También está la posibilidad de remontar el río en lancha (demora poco más de un día, no para en los pueblos y es más caro) o en un crucero (a mí no solo no me daba el presupuesto para esto sino que no es la forma en la que quiero viajar).

Otro pique en cuanto a las hamacas. Si son friolentos pongan las hamacas en el medio, ahí el calor humano amortigua el frío. De lo contrario intenten colgarlas cerca de las ventanas.

A TENER EN CUENTA. La mayoría de los viajeros suelen bajar el río Amazonas, o sea ir de Leticia (Colombia) hasta Manaos (Brasil). Si hacen esta ruta la duración del viaje será de entre  3 y 4 días.

 

 

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