CULTURARELATOS

Un concertista de piano en mi departamento

Eran las siete de la mañana del domingo. Me levanté en pijama a abrirle la puerta. Yo estaba con resaca. Él sonreía. Llevaba tras de sí dos valijas, una más pequeña que la otra. Habló. Se disculpó por la hora de llegada. Entró al ascensor y permaneció en silencio. Al ver el balcón y la vista desde el piso 11 que regala el departamento, volvió a sonreír. Tenía sed, le serví un vaso con agua. Simpático, pensé. Me fui a dormir, no hice cumplidos, no podía. Esa fue la primera vez que lo vi.

Se llama Juan Pérez Floristán, tiene 23 años y su nombre está en Wikipedia. “Es un pianista español que ha obtenido, entre otros galardones, el primer premio de interpretación en la edición 2015 del prestigioso concurso internacional de piano Paloma O’Shea celebrado en Santander”, dice la web. Tengo un concertista de piano en mi casa, pensé. Surreal.

Resulta que vino a Montevideo a dar dos conciertos: uno en el Teatro Solís, otro en la sala Verdi, ambos como resultado de una gira que está haciendo gracias a que ganó el concurso del que da cuenta la web.

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No se acuerda de aquel momento en el que decidió comenzar a tocar el piano aunque reconoce la belleza que puede suponer ese recuerdo.

María y Juan Luis, sus padres, son músicos (ella pianista, él director de orquesta). Su casa, en Sevilla, está repleta de discos de vinilo, el número asciende tranquilamente a 500, que conviven con muchas, pero muchas partituras. Y, por supuesto, con un piano de cola.

“El gran secreto fue que mis padres siempre me han dejado en claro que si quería dejar el piano podía hacerlo, cero presión”, dice y cuenta que desde que tiene 7 años lo toca y que jamás ha parado. “Tuve mis dudas lógicas pero a los 14, 15 años ya tenía claro que quería ganarme la vida con la música”, afortunado, pensé.

“Mis padres relatan que de pequeño me acercaba al piano y solía hacer preguntas. Parece que un día (siempre he tenido ideas muy rockanrollezcas, nunca muy prácticas) me encontraron subido arriba del piano con un triciclo y yo subido arriba del triciclo, pa’ matarme. Se ve que cierta atracción al piano ya tenía desde pequeño…”, explica y suelta una carcajada.

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Años más tarde, entró en el conservatorio en el que trabajaban sus padres. Asegura que haber tomado clases con ellos fue una buena experiencia. “La relación ideal con un profesor es que sea tu madre o padre, nadie te conoce mejor que ellos. Me enseñaron a aprovechar bien el tiempo de estudio y eso fue fundamental”.

Su forma de estudiar puede resultar un tanto errática pero “cada minuto de lo que estudio tiene un orden, un propósito. Tengo un plan muy definido en mi cabeza”.

Hablamos de Chopin y de su teoría de las tres horas de estudio. Pasamos por Beethoven y su caos aparente. Y también por el virtuosismo, por su don. “La técnica es fundamental para lograr la profundidad en el mensaje. Hay una necesidad de afinar el cuerpo para poder expresarlo en toda su plenitud. La técnica es la base del arte, de lo contrario ese arte se vuelve muy rudimentario. No soy capaz de tocar solo la partitura técnicamente”, sentencia.

Es introvertido, eso dice. “Me gusta conocer gente pero en un momento de la noche siento que tuve suficiente impulso externo y necesito estar conmigo mismo”. Tiene aplomo en cómo se presenta ante el mundo, eso lo digo yo.

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A los 18 se fue a vivir a Madrid para estudiar a tiempo completo en la Escuela Superior de Música Reina Sofía. Por ese entonces ya tenía conciertos y cobraba por ellos.

“Mi primer recital fue cuando tenía 14 años, en Sevilla. Cuando hice mi primera presentación en Alemania también fue muy fuerte (a los 21 se fue a vivir a Alemania, a tomar clases con Eldar Nebolsin y a estudiar en Hochschule für Musik “Hanns Eisler”). El día anterior a mi concierto había tocado en ese mismo sitio Daniel Barenboim, un pianista y director de orquesta argentino reconocido mundialmente. Eso me impactó mucho”.

“Tenía duda de a qué profesor ir… y llegó a mis oídos que un pianista que admiraba mucho se había ido a Berlín. Sí, Eldar. Siempre tuve claro que quería un magnifico profesor y una magnifica ciudad. Tuvimos algunos encuentros, nos gustamos, hubo amor (risas). Llevo con él tres años y medio. Todos los profesores han sido escalones muy importantes en mi vida pero tengo claro que él va a ser mi mejor ex, junto a mi madre, claro”. (inevitables risas).

Le gusta estar en dónde está y vivir en dónde vive. Atesora el valor del silencio, físico y mental. “Sentarte a mirar una pared es sano, necesario, vital. En el silencio es cuando las ideas toman forman de verdad. Si estudias una obra, la dejas y no la tocas por un tiempo, suena mucho mejor porque empiezas a ver cosas en la partitura que antes no veías. Es que el cerebro no ha dejado de estudiar la obra, y ella madura sola. Parte fundamental del estudio es el descanso”, y me quedo pensando en que, tal vez, debería mirar la pared más seguido.

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Ahí estaba, el prestigioso concurso Internacional de Piano Paloma O’Shea. Había pensado presentarse tres años antes (abre cada tres años) pero prefirió no hacerlo, era (y en cierta medida aún lo es) reticente a los concursos, “pueden destrozar carreras”, asegura. Pero un día le llegó un mensaje de texto de su profesor: Juanito se me ha ocurrido… ¿No pensaste en presentarte al concurso? Creo que te vendría bien. Y si Eldar se lo había dicho, por algo era.

“Fue una preparación sobre todo mental. Tienes que estar físicamente a punto, totalmente en forma, y además prepararte para la inseguridad, para los peores nervios de tu vida. Los tres meses antes del concurso tocaba todo el tiempo…”, relata y  cuenta esta anécdota. “En la segunda ronda me pasó que estaba tocando y uno de los focos se fundió de la peor manera: explotando. A mí me dejó un pitido en el oído, el público gritó del susto (hace el acting). Ahí dije: ‘han sido seis meses de preparación, yo no voy a parar’ y a los 20 segundos estaba hiperconcentrado de nuevo”.

Tras varias etapas de estudio, de renuncia, de nervios y de logros, Juan, llegó a la final, en la que competía con un chino, dos japoneses y dos coreanos. “Fue el momento de mayor presión de mi carrera…”, relata y con ese seductor tono andaluz dice: “Y unas horas previas al concierto empecé con el rum rum en mi cabeza: ‘pero tú para que te has metido en eso, con lo cómodo que estabas en tu casa, para que te metes en un concurso, ¿qué estás haciendo?’, me preguntaba. Fue una presión brutal”.

Salió al escenario, una vez más. Tres minutos antes del final, sintió euforia, también alivio y también nervios. “’Ahora no lo arruines, todo lo has hecho bien, ahora no falles’, me repetía. Fue tan estresante que casi no me acuerdo de nada. Creo que nos pasa a todos”.

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Hizo una reverencia. Había ganado el concurso. Un concurso que no ganaba un pianista español desde el año 1978.

¿Y ahora?, le pregunto, embelesada por tanto talento. “Después de Uruguay me voy a Panamá y luego vuelvo a Europa. El año que viene me esperan muchos conciertos… París, Varsovia, San Petersburgo, California, Bahamas, Londres, ciudades de República Dominicana, Budapest, Abu Dhabi…”.

Le abro la puerta, esta vez el saludo se convirtió en abrazo. Nos íbamos a extrañar, a esa altura, partía un amigo. Y mientras se alejaba le grité: “nos vemos en Berlín”. Y entre risas contestó: “pues claro”.

 

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