RELATOS

Un domingo en Quito

Alguien se asoma por la puerta de madera de una casa derruida. Afuera hay algo que parece una peregrinación pero que en realidad es el cortejo de un velorio. Los devotos hare krishna que no paran de cantar y las prostitutas desgastadas en la esquina del templo que esperan algo, alguien. Algunas perfectamente maquilladas, da la sensación de que llegaron recién, otras, en cambio, exudan con desparpajo la noche anterior en sus rostros demacrados, en sus polleras chorreadas, en sus piernas entumecidas. Mientras, los hare krishna del templo, cantan, repiten sin cansarse el nombre de su dios, lo hacen de todas las formas posibles, lo gritan. La escena, el contraste, me parece brutal.
Son las 10 de la mañana de un domingo en Quito, hace calor. Los almacenes chinos que rodean la zona y que venden casi que cualquier cosa despiertan junto con el reggaeton que suena furioso en el parlante de una tienda de electrodomésticos. Familias toman helado color fuxia en cucurucho, perros deambulan por las calles grises y  muchos policías parecen jugar a ordenar el tránsito. Esquinas que desprenden un olor a pollo frito que me revuelve el estómago, tiendas que compran oro, niñas que venden naranjas, una mujer que se frota contra los muslos de un hombre viejo, un hombre viejo que se limpia los mocos en la suela de su zapato.
Ese día no vi las plazas en las que hacía una semana había música en vivo ni los hombres elegantes con sus preciosas trenzas negras, ni las señoras con sombrero y pollera, ni las sonrisas, ni los balcones con flores que tanto me gustan… Ese día el centro de la ciudad se empeñó en mostrarme una cara derrotada, poco feliz, o tal vez fui yo la que se empeñó en no ver en ella ni un vestigio de inocencia.

 

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