RELATOS

Una vez fui cobarde

Desde chica me gustaron los héroes. No hablo de Batman o Superman, sino de Indiana Jones. Ese es el tipo de héroe que me gustó siempre. Un tipo normal, que tiene unos huevos muy grandes, que es inteligentísimo, que se viste con mucha onda, que tiene objetos como brújulas y mapas que lo llevan a viajes exóticos, que salva al que necesite ser salvado y que entre 100 copas sabe encontrar el verdadero Santo Grial.

Siempre pensé que ante una situación de acción o de peligro, sería de armas tomar, por decirlo de alguna manera. Pero una vez sucedió algo que me hizo dar cuenta que lo que pretendemos ser y lo que somos, muchas veces son cosas completamente opuestas. Íbamos caminando a cuadras de casa por avenida Rivera con mi hijo. Habíamos ido a la relojería. Al salir de ésta, llegando a la esquina, vemos la siguiente situación. Un señor, que es vecino del barrio, un hombre de unos 65 años, se baja del bus. Cuando el ómnibus arranca, el hombre, que había quedado muy pegado a éste, empieza a girar. Ahí me doy cuenta de que este señor vecino venía alcoholizado, y que al bajar, por el estado en el que estaba, no podía mantener bien su equilibrio. La escena pasaba ante mis ojos y los de mi hijo en una cámara lenta increíble. El hombre giraba, el ómnibus avanzaba, nosotros caminábamos paralelo a la situación a apenas tres metros de distancia. Y mi mente que repetía una y otra vez “se va a caer, se va a caer”. Y se cayó. De tanto girar, y como el ómnibus no se detuvo, el hombre perdió el equilibrio y cayó abajo del bus y la rueda de atrás le pasó por arriba de la pierna. Se escuchó un crack. En seguida abracé a mi hijo tapándole los ojos y los dos pegamos un pequeño grito de dolor ajeno.

Indiana Jones hubiese detenido la marcha del ómnibus, no se hubiese quedado congelado en la cámara lenta de la escena. Y si no llegaba a detener la marcha del ómnibus, hubiese ido a socorrer al malherido en el instante, le hubiese rasgado la camisa para hacerle un torniquete y detenerle la hemorragia, le hubiese colocado de nuevo la fractura expuesta, le hubiese dado agua, le hubiese gritado a alguien para que llamara a la emergencia mientras él le salvaba la vida. Indiana Jones no hubiese permitido que el vecino borracho perdiera la pierna.

Pero como yo no soy él, lamentablemente para el vecino, lo único que pude hacer luego de tapar los ojos de mi hijo, y con la excusa de que debía alejarlo de esa escena, fue gritarle al chofer del bus que se había detenido metros más adelante. El chofer se agarraba la cabeza mientras yo le decía, “¿por qué no paró?”. De todo lo que le pasó al señor me enteré luego por otro vecino, uno que fui a llamar para avisarle que éste estaba en Rivera tirado en el piso, porque acababa de ser atropellado por un 60. Yo me fui para mi casa con mi hijo, aturdida, avergonzada por ni siquiera haber atinado a ir a ver si el tipo estaba muerto. Y cada vez que veo al vecino caminar por la calle con una sola pierna, recuerdo con dolor que yo no soy como Indiana Jones.

Gabi Rufener

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