MUNDO

Valle del Cocora: el refugio de la princesa

En la cordillera central de los Andes hay un valle salpicado por la mayor cantidad de tonos de verde que vi en mi vida. En dónde también habitan las palmas de cera más altas del mundo (pueden llegar a medir más de 60 metros). Ubicado en el Eje Cafetero colombiano, en el departamento del Quindío, el valle del Cocora es la puerta de entrada al Parque Nacional Natural Los Nevados. Un sitio que es atravesado en su totalidad por el río Quindío, que tiene elevaciones que oscilan los 1.800 y 2.400 metros y que al transitarlo desprende cierto misticismo, que conecta con un pasado ignorado por la mayoría de los viajeros. Cocora significa estrella de agua y según las leyendas de la región  el nombre se le puso en honor a una princesa quimbaya (etnia indígena que habitaba el lugar y que es conocida en todo el mundo por sus piezas de oro, por el tesoro quimbaya).

Al valle se puede llegar desde varios pueblos aunque lo más común es ir a Salento, que es junto con Filandia el más popular dentro de la ruta del café, y tomar uno de los tantos jeep willys (viejos autos típicos de la zona) que colman la plaza central.

El recorrido dura aproximadamente media hora y si se va parado en la parte de atrás, la experiencia es mil veces mejor. Al bajar nos explicaron que si queríamos pasar el día en el valle (también es posible acampar) habían dos caminos: el fácil y el difícil. Elijan el difícil, tiene recompensa.

Atravesamos la “puerta azul”, así le llamaban, y fue extraño porque nos metimos en una especie de fábula, que ayudó a acercarme cada vez más a comprender por qué Colombia es el país del realismo mágico.

Los caminos nos iban transportando. Cascadas que murmuraban, puentes colgantes de madera, pendientes que por momentos parecían imposibles de subir y panorámicas que eran cuadros recién pintados.

Caminamos por poco más de tres horas cuando vimos con nitidez (hasta el momento solo las divisábamos a lo lejos) esas palmas gigantes que fueron declaradas el árbol Nacional de Colombia. Se despertó una necesidad de abrazar esos árboles tan elegantes, de hacer ese contacto milenario.

Eran tan altas, tan delgadas, tan antiguas que no fue difícil quedarse suspendidas en ellas  y en los retazos de cielo que formaban figuras sobre el pasto verde casi fluorescente.

PIQUES.

.En el lugar se puede hacer avistamiento de aves (muchas en peligro de extinción) y un sitio que se llama la casa de los colibríes. Para poder disfrutar de la experiencia conviene llegar antes de las 9 de la mañana.

.Es frecuente que el clima cambie bruscamente (las temperaturas durante el año pueden ir de 25 a -2 grados) por lo que es mejor estar medianamente prevenido.

.Son varios los senderos para recorrer (existe la posibilidad de acampar) y también hay distintas actividades como senderos ecológicos, parapentismo o cabalgatas.

.La mejor opción para almorzar es hacer picnic, si el clima acompaña. De lo contrario hay algunos sitios que venden comida. Les recomiendo que  si la idea es el picnic compren el almuerzo en Brunch de Salento antes de llegar al parque (son superabundantes, la presentación es muy buena y lo más importante: tienen opción vegetariana).

.Si bien el camino es gratis, a nosotras nos hicieron pagar 2.000 pesos colombianos (son poco menos de 20 pesos uruguayos) para poder ingresar.

. Los jeeps cuando fuimos salían cada una hora pero conviene preguntar en la plaza del pueblo.

 

 

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